domingo, 15 de noviembre de 2020

𝐑𝐄𝐓𝐑𝐎𝐂𝐄𝐒𝐎

 

Retrocedimos 20 años. Y únicamente por causa de la ambición de estos políticos corruptos, todos.

Siempre he sido una amante exagerada de mi país, siempre. Nunca de forma coyuntural, siempre lo he sido y lo seré.

Qué está pasando? En dónde se perdió la cordura?

Señores seudo políticos, sí, seudo, porque los políticos reales que se formaban en casas universitarias de respeto y eran políticos desde los 18 años, no existen más. Existen, en cambio, los corruptos con plata, los aportantes de un partido político improvisado sin ideológica sólida, que apoyan y aportan a un partido diferente cada 5 años, intentando de forma fallida reinventar una nueva fórmula de gobierno. Pero, con un único fin, obtener el ansiado poder para tener carta abierta y robar; jugar a sentirse Dioses. 

Es así como los políticos roban, coimean, licitan, inflan presupuestos y hacen lo que se les da la gana con la plata que le corresponde al país, ese dinero que en nuestro país debe estar destinado con urgencia a dos fines: la educación y la pobreza (los 2 grandes talones de Aquiles de este país).

No hay educación y en idílica democracia el pueblo elige esta basura de políticos y estos son los resultados: corrupción, caos y muerte.

En parte es culpa de los votantes. Sin embargo, la mayor parte de culpa es de esta clase  de seudo políticos, porque en su mayoría son una horda de gente sin educación superior y menos de post grados. Un grupo de cacos con mil denuncias en su haber y sentencias que han sabido silenciar con fajos de dinero a los también corruptos jueces.

Y así, vivimos en un círculo vicioso por siempre con esta principal premisa: La POLÍTICA es CORRUPCIÓN y la corrupción es un CÁNCER.

Un cáncer que se ha enquistado y hace metástasis en la sociedad y termina matando, destruyendo todo a su paso. Sin piedad. 

Retrocediste 20 años mi amado Perú y me duele, me duele por te adoro. Todos te dañan, no respetan que fuiste la capital del Tahuantinsuyo, que ocupó gran parte de América. No respetan tu imperio Inca, porque está privatizado, no les importa tu Bio diversidad, porque derraman petróleo en tu Amazonas.

Y, principalmente, no te respetan porque te quieren saquear, como si fuera 1527 cuando llegó Pizarro a burlarse de tu poder y exprimir tu riqueza.

A mi no me dueles Perú, a mi me duele lo que te hicieron, te hacen y te seguirán haciendo.

Dejen sus PASIONES de lado, no me importa si eres de derecha o de izquierda. No pierdas tu energía queriendo hacer cambiar a otro de opinión o de ideología política, nadie quiere cambiar, entiende.

Deja de defender a un político, entiende, son indefendibles, tarde o temprano, todos tienen prontuariado.

Encontremos lo único que nos une en estos momentos: todos queremos acabar con los corruptos y su abuso. Y necesitamos que sea en paz. Unidos. 

Retrocedimos 20 años, yo ya hice esta lucha en  el año 2000, con mis 20 años de edad, universitaria. Ahora, hay que seguir luchando en paz, a mis 40 años levanto nuevamente mi voz.

No más muertes, no más corrupción.

Yo te amo Perú, siempre te he amado y siempre lo haré.

🇵🇪 

RBP

sábado, 27 de junio de 2020


PULSE
El mes de Junio, la comunidad LGBTIQ+ celebra el mes de Orgullo Gay. Para la gran mayoría de personas de la comunidad, este no es un mes de celebración; la felicidad se encuentra, de forma unánime el día del parade o marcha, donde hay color, música y alegría. El resto de mes, la comunidad recibe insultos, repudio y odio condensado e infundado de muchas personas al rededor del mundo.
A mi, me causa dolor leer en las redes las frases de odio, siempre asociando la homosexualidad con la depravación o alguna enfermedad mental o moral. Me sobrecoge leer todo esto, aunque trato de no hacerlo y en cierto modo, estoy acostumbrada.
Este mes no celebra que uno es parte del colectivo, este mes se celebra que, a pesar de tanto odio, la comunidad está dispuesta a seguir luchando en paz y con amor. Por eso los colores, los disfraces, la música y bailes.
El odio daña, los juzgamientos también. Dejen que los demás sean libres y retiren de su corazón conceptos moralistas que no contribuyen a nada.
Esta foto la tomé hace unos años en Orlando USA,  en las afueras de la discoteca Pulse donde 49 personas, en su mayoría de la comunidad, murieron a manos de un homofóbico, quien también murió. Al llegar a ese lugar, toda mi familia quedó muy conmovida por la energía de dolor que se percibía. Me quedo con la frase de mi padrino: "No había necesidad".
Y todo se resume en eso, si algo no te parece, no hay problema, pero no odies. El odio, literalmente, mata.
#pridemonth #orgullogay
RBP 🏳️‍🌈

sábado, 4 de abril de 2020

Chorrillos


En mis recuerdos de niñez, siempre tengo presente el momento feliz que vivía cada vez que mis padres anunciaban que íbamos a ir a la casa de la Nonna. Ella vivía con mi tío.
Posterior al anuncio, mi hermana y yo nos mirábamos y nuestros ojos brillaban de felicidad. Y es que en casa de la Nonna, la diversión y los engreimientos excéntricos siempre estaban garantizados.
Haya sido para ir un domingo a pasar el día  o para quedarnos a dormir todo el fin de semana, igual lo apreciábamos. 
Los domingos, compartíamos a la Nonna con toda la familia. Nos juntábamos tíos y primos, todos con expectativas del manjar sorpresa que ella tenía preparado. No ha habido, en la historia de la humanidad, mesas más exquisitas que las de mi Nonna, aunque ella diría que su madre, mi bisabuela, cocinaba mejor. 
En el patio, el Ingeniero de la familia, su segundo esposo y el único abuelo que yo conocí, armaba una mesa larga, de castillo inglés, para albergar a todos los comensales. Algunas veces, fuimos tantos en la mesa que se armaba otra mesa pequeña para mis primos menores. Luego vestían la mesa con manteles blancos que olían a jabón de limón.
Todos los aromas de la casa de la Nonna eran una delicia. Su cocina olía a gloria. Los olores de su cuarto eran una mistura de todas las cosas que tenía allí: botiquines surtidos, latas con maní, 200 ruleros, velitas misioneras y cremas o perfumes que mis tías siempre le traían de sus viajes. 
Ella siempre olía delicioso, apenas llegaba a verla corría a abrazarla y ella nos llenaba de besos y decía: "No te acerques mamita que huelo a pura cebolla". Mentira, siempre olía a 4711 u otra colonia rica. 
Nunca me iba, yo me quedaba, para averiguar qué había cocinado. Al rato, se servía la mesa con inigualables platillos criollos y festines de pastas.
Siempre fue una mesa llena de risas, amor y todas las personas hablando al mismo tiempo. 
Eran domingos inolvidables, nadie quería que acaben. Había todo lo que uno necesita para ser feliz: una familia que se ama y buena comida.
Cuando teníamos el privilegio de que mis papás nos dejen por todo el fin de semana, ya era una alegría incontenible por llegar. Cargábamos con almohada, muñecos y maleta con todo.
Ella armaba una cama grande para que durmamos y se encargaba que el cuarto se mantenga en silencio y oscuro para que nos despertemos a la hora que nos dé la gana, para luego sorprendernos con un desayuno que ningún room service de hotel 5 estrellas podría igualar. Cuando sentía que nos despertábamos, traía dos bandejas con pan horneado, bistek, huevos fritos y jugo de frutas. Al término de esto su pregunta inmediata era: "¿Qué quieren almorzar?".
Bueno, nuestra respuesta casi siempre era: pastas. En ese caso, ella decía que las empezaría a preparar pero las comeríamos al día siguiente. Y cuando digo preparar, me refiero que hacía las pastas desde el inicio. El cordel de la lavandería se llenaba de pastas que reposaban allí.
Los mejores canelones, ravioles y lasañas que nuestros paladares probaron, pasaron por su cocina.
Ella siempre buscaba la forma de cómo divertirnos, nos llevaba a pasear, a la piscina, jugábamos bingo, montábamos bicicleta y era capaz de entrarle al Atari con tal de hacernos felices.
También, recuerdo que buscábamos tréboles por horas en el jardín y nos inflaba globos de carnaval para jugar con los amiguitos de la cuadra, o nos tirábamos al piso a jugar con los perros. 
A pesar de todos los entretenimientos que nos entregaba, yo siempre quería llegar al nivel superior y para mí eso significaba que abra el compartimiento alto de su ropero, donde atesoraba las cosas más curiosas que jamás vi.
Algunos instrumentos raros  que le dieron en la última clínica donde trabajó, como enfermera. Cajitas de metal quirúrgico, tensiómetro y estetoscopio. Latas de chocolates suizos, esas eran traicioneras porque siempre tenían hilos y agujas, pero por alguna razón solía olvidarlo y deseaba alguna vez encontrar los chocolates de la imagen de la lata. Pero el level God, era los álbumes. Nada en la vida me daba más placer que me los entregue y no siempre lo hacía. Pero si de tanta insistencia lograba convencerla, me sentaba en la cama con las manos lavadas a verlos.
Toda la historia de la familia estaba en esas fotos, y para mí era una experiencia sublime analizar cada foto.
Creo que la única razón por la que no quería enseñarme los álbumes cada vez que lo pedía, era porque sabía que se tenía que sentar a mi lado a contarme la historia de cada foto. Yo la escuchaba fascinada mientras me acostaba en sus brazos acogedores, la contemplaba.
Luego los guardaba en ese compartimiento, que permanecía con llave. Ahora, comprendo que ese era su mayor tesoro. Ese tesoro ahora es mio y algún día será de mi hija. De vez en cuando saco los álbumes heredados, además de los álbumes que traje de la casa de mi mamá y trato de recordar las historias de cada foto.
Es lo que finalmente somos y seremos, historias y memorias. Memoria que hoy a la Nonna le falta, pues ha olvidado gran parte de todo lo que sabía por su Alzheimer. En su memoria se perdieron secretos y recetas que nadie podrá replicar. 
Hoy, apartadas por un aislamiento obligatorio, ruego a Dios que cuando la vuelva a ver, se le vuelva a iluminar la carita para preguntarme: "Gordita, que quieres almorzar hoy". Yo le doy un beso fuerte en la frente y le digo: "Ravioles, pero hechos por tí, desde el inicio, la masa, el relleno y la salsa roja" a lo que ella siempre responde: "Tu siempre viviste de ravioles".
Luego nos reímos, la subo al carro y termina la fantasía de la comida, ella ya no puede cocinar. Saluda a mi hija y a mi esposa. Les dice que están lindas. Entonces me pregunta mil veces la misma cosa. Trato de ser creativa con cada respuesta. Ella merece lo mejor de mi creatividad, siempre.

domingo, 29 de marzo de 2020

2020
Y con este número que se veía tan lindo, perfecto y prometedor, se nos vino toda la mierda encima.
Una mierda que está matando gente y salvando el planeta.
Delfines nadando y aves volviendo a playas de mares cristalinos.
Si el ser humano se lo buscó o si era la única forma de detener el colapso ambiental, no lo sabemos, pero son preguntas que nos asaltan los pensamientos nocturnos.
Calles vacías y en silencio. Noticias dolorosas, muchas veces morbosas. La hiper información en tiempo real. Consumismo con paranoia egoísta. Miedo e incertidumbre.
Solía sentirme una guerrera por haber sobrevivido al terrorismo, a la hiper inflación, la dictadura y la corrupción.
Espero agregar a mi lista  que sobreviví una pandemia mundial y que mi gente también la sorteó con éxito.
El dolor de ver que la gente muere en serie. La alegría de ver un abuelo con Alzheimer tocando su armónica y pensado que todos esos aplausos son por su concierto.
Comenzaremos de nuevo si es necesario. Seremos mejores, por un tiempo al menos.
Nos amaremos más. Daremos abrazos no dados.
El 2020 sigue en curso, entregando lecciones, despertando la fe dormida.
Seguiremos adelante, mirando al horizonte con esperanza.
Un homenaje a los caídos, un aplauso a los héroes y fuerza para los que nos aislamos en nuestras cuatro paredes.
#MeQuedoEnCasa



jueves, 25 de abril de 2019


La Rosita
Hoy por aquí corrió la rutina de siempre. La alarma suena 5:00 am, trato de apagarla, el celular se cae, los gatos vienen, hago la finta que me levanto. Tonteo en la cama hasta las 5:15 am. En la cocina escucho las noticias mientras hago  desayunos, loncheras y puras cosas que confirman que la juventud quedó atrás, muy atrás.
Ya medio libre, me pongo a ver mi celular. Que sensación de paz cuando me tomo unos minutos para revisar tranquilamente mis redes sociales. Ironía total para una persona tan poco sociable como yo. El mundo puede colapsar al  alrededor mío y ni me entero. No hay drama, son unos minutos.
Mil videos de perros y gatos, posts de películas de mafia italiana  y las locuras del WhatsApp, me hacen la mañana. Soy feliz con esa dependencia voluntaria que ahora profesamos al celular. Una notificación me llega, una aplicación me dice que ya es hora de visitarla, obedezco y comienzan a aparecer mis “recuerdos”. Esta App recolecta todas las fotos y publicaciones  que hice en este mismo día, en diferentes años. Es ahí donde hoy me topé con fotos de cuando celebramos el 1er año de mi hija, hace 9 años.
Todas las fotos me alegraron, me arrancaron sonrisas, nostalgias. Ver a mis nonnos más fuertes, toda la gente más joven (y delgada). Pero, hubo un recuerdo en especial que despertó mis fibras más sensibles. Era una foto de Rosita con mi hija.
Rosita, fue una señora que trabajó con nosotros durante 10 años. En la foto, Rosita tenía cargada a la bebe en una mano y con la otra, aparece armando las cadenetas de colores para decorar el cumple.
Ella pasó 10 años aguantando nuestros caprichos, cocinando cosas distintas a diario para cada una de nosotras. Memorizando a la perfección nuestros gustos y preferencias. Jugo de papaya para mí con menjunjes naturales extras. Pechuga sin grasa y ensalada para mi esposa. Otra dieta para mi hermana. Correr a cargar la cartera de mi madre y preguntarle sobre el día de trabajo. Y cuando nació nuestra hija, velar por su bienestar en general. Nadie sufría más con un intercambio de palabras entre mi esposa y yo que  Rosita. Llamaba angustiada a mi mamá para acusarnos y en esos minutos hacía que la bebe no se diera cuenta de nada.
Por si fuera poco, aprendió a la perfección como dirigir las excéntricas fiestas que dábamos en aquella época. Fiestas de sólo ropa blanca, de sombreros, strippers, criollas, polladas, sanguchadas bailables, celestiales, infernales, de disfraces. La lista es larga. Pero, Rosita era la asistente de producción perfecta. Esperaba a los tolderos, los del chopp de cerveza, el catering, los mozos, todo. Ella dirigía y lo hacía con gracia, sabor y swing. También la hacía de bartender y coimeaba al Serenazgo con un buen plato de comida para que deje que la fiesta fluya hasta el fin. En cada fiesta se metía sus buenos guaracazos de pisco o chela y nos entretenía con sus historias. Inolvidable cuando un stripper, vestido de policía malo, la hizo volar por los aires. Ella no se chupaba nunca,  era partícipe de las locuras siempre.
Los años pasan y la vida nos obliga a tomar rumbos distintos. Rosa tuvo que buscar otras salidas y nosotras también. Con pena honda, tuvimos que ver partir nuestra empresa y nuestra casa. De las decenas de empleados adulones, cuando el dinero se fue, sólo quedó para la posteridad la Rosita. Nuestra amiga y confidente. La que nos acompañó en los momentos más felices y en esos que piensas que ya no se puede más. La que cargaba cariñosamente a mi hija con un brazo y con el otro se rompía armando la fiesta.
Nos escribimos siempre con mucho cariño y por supuesto, ya le compartí la foto que ha provocado este texto. El otro día vino a deleitarnos con su inigualable pollada. Promete venir otro domingo a hacernos papa rellena. En ese encuentro hemos recordado el pasado sólo con risas. Finalmente, esa es la idea.
Los dejo, pensando, a quién recuerdan ustedes con el mismo cariño?



viernes, 13 de abril de 2018

11A


Quiero escribirte algo, algo para que el tiempo no me deje olvidar cuanto te amaba.
Mi alma no encuentra consuelo hoy, ni lo encontró ayer y tal vez no lo encontrará mañana. Es tal vez porque tus mensajes no me despertaron al amanecer, es tal vez porque ayer no intenté hacerte reír, cuando lo hice ya era tarde.
Debí hablarte más temprano y no lo hice. Ahora mi alma no tiene consuelo. No me da alegría el sol de esta mañana, ni los mirlos que me cantaron fuerte. Respirar me pesa, tanto como me pesa que no te veré este viernes para brindar, ni comeremos parrilla el sábado. Tampoco me vendrás a ver el domingo para que hagas siesta en mi sofá.
Se supone que debo aprender a vivir con esto? Pues sí, porque el mundo no gira en torno a mi, y debo ser un roble para cumplir lo que tanto me pediste. Sabías que lo haría, que en algunos asuntos mi palabra es mi ley y me reafirmo, yo lo cumpliré, anda tranquilo.
Ayer te prendí una vela mientras miraba el sofá, tu silla, el bidón donde te servías agua para beber. Yo te sentía en cada rincón. Supongo que así será desde ahora, solo sentirte. Pues ya no puedo verte, saludarte y poner mi mano en tu barba rasposa.
Pensé que envejeceríamos juntos los 4, felices, en una isla griega como dijimos, donde ya viejos podríamos dedicarnos a disfrutar de un cigarro nuevamente, sin temor a enfermar.
No entiendo esto. Sólo queda el amor, la hermandad y el dolor.
Jueves 8 am.

jueves, 14 de diciembre de 2017

In my life

Soy una rebelde casi  cuarentona y posteo de forma muy esporádica, sin la disciplina de un bloguero real. Antes tenía mucho tiempo para escribir, no tenía tantas obligaciones, la vida era diferente, más fácil en algunos sentidos.
Pero quién carajo dijo que la vida es fácil. De hecho, la vida es difícil, llena de personas y situaciones complejas donde nos cuesta encajar. Nos topamos con la cruda realidad de la dureza de la vida una y mil veces. Uno cae y se levanta, se olvida cómo funciona todo y luego cuando vas cogiendo ritmo todo se viene abajo de nuevo. Esto aplica a todos los ámbitos. Pero aun así, hay que buscarle la gracia al asunto.
Una de las cosas que yo más aprecio y valoro en la vida es la amistad. Quienes realmente me conocen pueden dar fe de ello, tengo amistades viejas que he cultivado a lo largo del tiempo. Mis amigos son la familia que yo he escogido. Por ahí algunos lectores van a decir que saben de algunas amistades que ya no forman parte de mi top list. En mi defensa digo que: algunas veces el destino y las afinidades tienen planes propios y hacen que nos alejemos de algunas personas, conservemos otras y conozcamos a nuevas. Peor aún, hay amistades que de un momento a otro se van de este plano, pero que juro que buscaré en otros planos. Esto es para ti pequeña, que siempre te quejaste que sólo escribía de tu hermano y nunca de ti.
Mis aventuras con amigos son infinitas y disfruto recordar todas, las graciosas, las tristes, las traviesas y  las malosas (tengo especial cariño recordando estas últimas). Sentada en mi escritorio tengo días donde me rio sola, tomo el celular y les escribo: oye te acuerdas de esto y cuándo hicimos aquello. Mi corazón se llena de alegría y de nostalgia.
Ahora de "grande" me he vuelto ridículamente sensible y llorona  en general y más con esta clase de recuerdos. Atrás quedaron los deseos de ser la cabeza femenina de la mafia, calculadora y gansteril. La cara de pesada es lo único que he conservado.
Este post es un desorden de sentimientos y es que así me tiene esta época de fin de año. Vuelvo a mi clásico sentimiento escolar, tengo una semana para resolverlo todo y cerrar el año tranquila.
Entre tanto que hacer, el sábado celebro Navidad con los demás miembros de la Cosa Nostra, es decir las del colegio y nuestras respectivas familias. Hoy por hoy, todas somos una gran familia y nos amamos. A veces estamos muy lejos pero cuando nos vemos, estamos nuevamente en 1ero de secundaria jurando que seríamos amigas para siempre y así lo hicimos.
"La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor", lo tomé de un artículo que hace poco escribió Vargas Llosa. Esa frase no puede resumir de forma más perfecta lo que para mí es la amistad. Viejos amigos que guardo en mi corazón y memoria, nuevos amigos que conozco y cultivo con ilusión y respeto.
Hoy parte una amiga y en una semana otros amigos. Todos tan queridos y especiales para mí. Dejan este país en busca de mejores horizontes.
Lo que menos tolero es que ahora lo tolero. Tolero vivir con la ausencia física temporal de quienes tanto quiero. Supongo que algo de madurez hay en mí que me hace saber que mis amigos deben volar porque su felicidad está en otro lugar. Y sé que así será.
Odio las despedidas tanto como las sorpresas, ambas me acorralan en una situación muy vulnerable. Pese a la distancia, "la amistad trasciende el tiempo y el espacio" esa frase si es mía, creo, siempre la digo.
Me calmo, ahora para mi suerte, hay tecnología, aquella que me ayuda a diario a tener contacto con amigas que hace mucho no están aquí. Las cuatro brujas del día a día que andan desperdigadas por el mundo, amistades bonitas.
Mi corazón es grande, sólo metafóricamente, lo certificó el cardiólogo en Agosto de este año, y guardo en él un lugar profundo para todos mis amigos. Les regalo mi lealtad, mi tiempo,  mis bromas y por su puesto mi cariño.
Los dejo, he escrito este post en mi celular, cortesía de una actualización de mi PC. Hay sol hoy, mucho camino por recorrer aún. Con amigos que son mi familia, con mi familia que son mis amigos. Te regalo esta https://youtu.be/-eCh3y5VROM (sube el volumen)

jueves, 29 de septiembre de 2016

Pueblo Libre

La primavera ha iniciado en Lima.  Y ha llegado muy disciplinada y decidida, cumpliendo horarios a la perfección, regalándonos cielo despejado y cálidos rayitos de sol.
Hoy, camino al trabajo, mi amiga Carla, más conocida como Tatán, me mandó un link con cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Le comenté por un audio (hace tiempo que no escribo, aclaro para la posteridad de este blog que ahora existen -infelizmente- smartphones , teléfonos inteligentes de los que somos dependientes voluntariamente) que había leído un par de libros de él y los disfruté mucho.
Leído el primer párrafo, en el cual Ribeyro describe el viejo Miraflores, sentí mucha nostalgia de mi querido barrio Pueblo Libre, donde viví 16 años, poco menos de la mitad de mi vida. Allí cursé todos mis estudios de escuela, pasé de niña a adolescente y luego a ser mayor de edad.
Siempre he tenido una brillante memoria selectiva y tengo claro aún pasajes de mi llegada al barrio. Tenía menos de 4 años, la nueva casa tenía dos pisos y quedaba al lado de la casa del Libertador de América, de hecho es probable que allí se hayan gestado detalles la independencia de este país. Sentía que la casa era inmensa y hermosa, y mi hermana y yo guardábamos una hermosa ilusión del nuevo vecindario. Nuestro futuro colegio -católico- quedaba a unos pasos y también un parque hermoso donde se erigió un monumento del Libertador.  
Mi infancia fue feliz. En las mañanas andaba pegada a mi mamá mientras mi hermana se iba al colegio y mi papá a trabajar muy lejos. Contemplaba a mi mamá cocinar, me encantaba mirarla y desempeñarse de forma mágica en la cocina. Aún tengo esos aromas presentes. En un placentero flashback evoco con amor los manjares que siempre se prepararon en esa cocina. En esa casa hubo, en su mayoría, momentos bonitos o al menos he decidido recordar las cosas de ese modo y de disfrazar algunas situaciones familiares que ahora prefiero verlas sólo como enseñanzas para mi vida adulta.
Cuando uno es niño le gusta ver las cosas de forma divertida. Yo sobrepasé las restricciones gubernamentales de servicios básicos (luz y agua) con mucho humor. Era divertido jugar con las velas y juntar agua. También me gustaba escuchar cuando mi mamá contaba que la gente hacía colas para conseguir azúcar y arroz pero que a ella su casera le guardaba costales y ella se encargaba de repartir a las abuelas y a las tías cercanas.
Ya en verano la rutina era otra. Tardes de juego interminables con mi vecinito y mi hermana. Los tres éramos los locos de la bicicleta y los carnavales. También del Atari.  Antes que se haga de noche nos gritaban para entrar a la casa. Sudados y a veces con heridas de guerra posponíamos el juego hasta el día siguiente. Eran épocas donde uno jugaba en la calle sin pensar que un carro te iba a atropellar y podías saludar a los vecinos adultos sin tener la noica que fueran a hacernos daño.
Ya en mi adolescencia dejamos esa casa y nos convertimos en nómades de la Av. La Mar. Vivimos en la cuadra 17, 19 y 15, respectivamente. Yo me regresaba caminando del colegio con las que mi hija llama ahora: las tías fiestones o las de la mancha. Nos habíamos vuelto unas palomillas, siempre a la broma y al hueveo. Nos bautizaron como la Mancha Brava, la Cosa Nostra y otros nombres peores, los cuales no acredito pues considero que tras toda la pose, éramos sanas y buenas. 
Nuestros casi 30 años de amistad avalan mi teoría. Hemos estado juntas en las buenas, en las re buenas, y en las malas. En juergas locas, aventuras, despedidas de solteras, baby showers, matrimonios, bautizos, divorcios, viajes, kermeses y fiestas de guardar. 
Viví ahí y me mudé antes que terminara mi primer año de Universidad, nuestro Pueblo Libre ya nos quedaba lejos de todo. Me llevé en el alma el olor de jazmines en las noches de verano, mis primeras caídas en bici, mi irremediable rebeldía adolescente, las vivencias de épocas duras y como empecé a gestar los gustos y manías que me definen ahora.
Vuelvo de cuando en vez al barrio, con mi hija al museo o con mi esposa a tomar algo en el Queirolo. Siempre que llego, bajo del auto y lo primero que hago es inhalar fuerte, respirar el aire que me vio crecer, y en un segundo mil recuerdos me bombardean. Sonrío, soy feliz aquí, aquí soy libre.
Los dejo, hoy vagamente jugué a ser bloggera de nuevo y no he trabajado un carajo.  



domingo, 11 de noviembre de 2012

Calimalú

He notado que acostumbro  escribir sobre cosas que me han pasado fuera de mi ciudad. Traigo a colación una y otra vez anécdotas de mis aventuras viajeras, y hoy  lo haré otra vez. Estoy despierta desde las 4:00 am, cortesía de mi hija maravillosa, y sin frustrarme por mi somnus interruptus, me puse a hacer cosas. Las ganas de escribir venían a mí pero las hacía a un lado y en vista de que aún soy la única despierta, aprovecharé rapidito de escribir.
Creo que fue  en el 88’ que viajamos al norte. Nuestros vecinos eran de esos lares y aparte la familia materna de mi padre era original de allí, así que la afinidad que desarrollamos por esas cálidas tierras fue grande. El destino central siempre era la provincia de Piura, destacada por sus mil atractivos turísticos, pero a mi parecer destacada por sus cremoladas (dícese ahora frozen), panes, mangos, chifles (chips de plátano), entre otros. Es cierto, muchas de mis remembranzas más perdurables siguen asociados a la comida.
Finalmente en nuestro destino, dimos inicio a estas calurosas vacaciones de verano. Éramos un grupo grande los que viajamos para allá. En este año, Piura estaba particularmente hirviente, pero aún así la recorrimos y nos divertíamos a morir yendo de un pueblito a otro. La gente era más que amable, tanto así que en una ocasión pasamos por un lugar donde se celebraba una boda y pedimos prestado el baño. Luego de haber satisfecho nuestras necesidades fisiológicas, fuimos invitados a la fiesta. Todos, los veinte,  gozamos de esta generosa invitación al festín. Bailamos, comimos, reímos y nos retiramos dejando agradecimientos y bendiciones a la nueva pareja.   
El destino era inacabable y seguíamos visitando lugares. Nos detuvimos en uno que era el mismo infierno, exageradamente caliente, peor que una sauna. Afortunadamente, para distraernos de este clima dantesco, vimos que había una Feria, entretenimiento garantizado decían. Nos adentramos a la feria, era silenciosa y árida, en la cara de los pueblerinos sólo se observaba gestos de sorpresa.
Hicimos el recorrido cuando nos chocamos con “la mujer serpiente”. Era una mujer dentro de una urna con serpientes tremendamente venenosas que le caminaban por todo el cuerpo. Afinando bien el ojo, vimos que las serpientes no podían sacar la ponzoñosa lengüita y era porque les habían sellado la boca con cinta adhesiva. La pobre mujer sudaba y oraba para que el sello bucal de las serpientes fuera duradero. Por supuesto que esta atracción nos pareció una charlatanería, pero no quisimos romper la ilusión de los demás.
Pero, aún faltaba la atracción central, por la que todos habían asistido a esta feria y era Calimalú. Con un megáfono viejo la anunciaban: Calimalú la “mujer tortuga”, traída de las islas Galápagos. La ÚNICA, venida desde el Ecuador, pase a verla. Entramos presurosos e incrédulos, con aires de capitalinos modernos, con TV de control remoto y VHS, personas de mundo que lo habían visto todo.
Nos abrimos paso entre la multitud y pudimos verla. Increíblemente,  era una mujer tortuga. Cabeza de mujer, cabellos de mujer, ojos de mujer, boca de mujer y su cuerpo era un enorme caparazón. Ella estaba posada en la tierra y la gente generosa le arrojaba lechugas. Calimalú, era pausada y lenta -como toda tortuga- pero mítica y mágica. Recibía agradecida estas ofrendas y las comía con agrado. Luego giraba su cuello, abriendo y cerrando su boca.  Hasta recuerdo aún el sonido de sus labios: bap, bap, bap.
Estuvimos boquiabiertos como por 20 segundos, igual de sorprendidos que todos. Pero en un rápido paneo ocular registramos que la pobre mujer había sido metida en un profundo hueco bajo la tierra y le habían chantado ese caparazón de 80 kg. Inmediatamente, uno de los adultos de nuestro grupo exclamó: ¡Esto es mentira! saquen a esa pobre mujer que se va a morir con este calor. El resto de grupo -grandes y chicos- nos unimos a las arengas y gritábamos: ¡mentira¡ ¡sáquenla!  De pronto, desatamos la ira de los lugareños quienes nos gritaron: ¡Váyanse! ¿Qué se han creído?  Así son estos limeños ¡malcriados! La cosa se puso tan candente que salimos corriendo y nos trepamos a la camioneta asustados, estaban a punto de echarnos con piedras y palos. No apreciaron que queríamos abrirles los ojos y enseñarles la verdad. Prefirieron seguir creyendo que Calimalú era verdadera.
Fuimos un verano más a esas tierras y luego dejamos de ir. No he vuelto a ir desde entonces. En todo caso, si algún día volviera y me topara con Calimalú, la miraría con más respeto. Pues, ahora no  me importa si fue verdad o fue mentira, lo importante es que la recordé durante toda mi vida y siempre fueron recuerdos divertidos, asociados a viajes de infancia, en familia y con amigos. Memorias nostálgicas, de un pasado más simple y más sano.

Los dejo, voy a pedirle a mi mamá que nos invite a tomar desayuno.

 

viernes, 20 de enero de 2012

Receso


Me he corrido de escribir por muchos meses. Les juro que esta vez no es inconstancia. Fue más bien el afán de darle un cierre a algo que ocurrió en mi vida, algo importante que me marcó así como yerra de ganado. Quería, antes de empezar a escribir de nuevo, que todo ese capítulo de mi vida se acabe, o milagrosamente se reescriba, pero ya han pasado más de seis meses y no puedo esperar para siempre. Por eso hoy, que como rara vez estoy desocupada y sola, he cogido la computadora con timidez absoluta. Estoy esperando que el teclado y yo entremos en la complicidad de costumbre y nos aventuremos a escribir notas entretenidas, bromas malosas, cosas amorosas, anécdotas de aquí y allá.

Siempre que inicio o retomo algo, lo hago con miedo, o como bien lo evocó mi hermana hace poco en un post, con una sensación a la cual  de niñas denominamos como “dolor de estomago pre fiesta infantil”. Sí algo he aprendido en la vida, es que la única cura para este síndrome es acojonarse y tirar pa adelante. Total, si no  la cosa no fluye, borro esto y ustedes nunca se enterarán.

Algunas de mis amigas, buscando alguna clase de perpetuidad virtual en mi humilde blog, siempre me piden que escriba de esto o aquello, cualquier cosa que las involucre. Yo, mentirosamente, siempre les digo: Ok en el próximo escribo de ti. No les he cumplido y no es falta de amor, si no que rehúyo a escribir de las historias de mis viejas amistades porque son demasiado lindas para mí, temo opacar la palomillada que quiero plasmar con nostalgias del tiempo pasado.

Colegio de monjas y de alumnado femenino, donde nos teníamos que resignar a no interactuar con el sexo opuesto. Las mujeres somos complicadas, pero coincidimos unas cuantas locas que éramos buena onda, juguetonas, jodidas, rebeldes, vitales e incomprendidas. No es que nos hayamos propuesto molestar a las autoridades colegiales, si no que ellas decidieron fastidiarse con nuestra presencia. A decir verdad, esto alimentaba nuestro ego adolecente y entrabamos en un círculo vicioso de pugnas de poder. Se me viene a la mente los recreos, donde nos querían controlar tipo panóptico, y nuestra táctica era dispersarnos por todo el patio, de manera que no puedan vigilarnos. En una esquina mi comadre se abría la blusa y se bronceaba, en esa época ella poseía dos grandes razones para atraer las miradas a su colorido bikini. En otro lado fingíamos una pelea de callejón con apuestas y todo. Metros más allá,  dos inocentes jugaban a las palmadas y las que quedaban fingían estar locas balanceando su cabeza como perritos de taxi. En consecuencia, la subdirectora -que ese año gracias a nosotros fue una civil, es decir no era monja- se volvía loca, un poco más de lo que estaba.

Con estos actuares, obviamente, dimos pie a que se tejieran mil conjeturas entorno a quiénes realmente éramos.  Algunas decían que éramos drogadictas, y que de hecho traficábamos estupefacientes en forma de caramelos y se los dábamos a las niñas pequeñas. Que robábamos para poder satisfacer nuestra adicción a las drogas y el alcohol. Que en el futuro sólo podríamos ser burriers, rateras y lesbianas.  

Aclaro, que esos mitos estaban muy alejados de la realidad y basándome en lo ya ocurrido, desvirtúo tajantemente esas predicciones fatalistas sobre lo que sería nuestro futuro. Pues, todas terminamos siendo profesionales, mujeres de bien, algunas madres y gracias a Dios felices. Eso sí, de lo que no nos pudimos curar fue de la locura.
Lo triste es, que luego del colegio nunca más nos pudimos ver con esa frecuencia obligada que disfrutábamos tanto. Pero, nos las arreglamos para coincidir nuevamente por ahí. A veces, y por tiempos, nos alejamos, nos desentendemos. Lo bonito es, que  el amor siempre queda, no se extingue. Los recuerdos, están siempre aquí, como si fuera ayer. Como si no hubieran pasado casi dos décadas. Escribiendo, me sentí una quinceañera de nuevo. Extraño estas épocas.

Los dejo, I AM BACK!!!!




miércoles, 3 de agosto de 2011

To Sir with Love

Creí que tenia la disciplina de escribir cada semana. No se puede pedir peras al olmo, yo no soy una mujer disciplinada, y para ser honesta, tampoco quiero serlo. La verdad es que han sido meses muy difíciles para mí, y nada me motivaba a sacar un nuevo post. Pero, hoy tengo mucho que decir, que contar. ¿Quieren saber un secreto?*
Las coincidencias no existen, siempre lo digo y por algún motivo en mi destino estaba marcado que algún día conocería al Sir. Días antes de su llegada me llevaron al gran estadio donde se desarrollaría todo. El lugar donde durante cinco días cientos de personas sudaríamos la gota gorda preparando todo para el momento -por muchos- soñado.  Traté de aflojar mi oxidado inglés leyendo con detenimiento los requerimientos del centenar de trotamundos que trabajan junto al Sir. Ellos viajan durante meses por todo el mundo y  a donde llegan buscan instalarse con comodidad.  Aparte, traían consigo toneladas de equipaje que los acompañarían durante toda la travesía. Disfrutaba viendo las etiquetas de embalaje que decían que era propiedad de uno de mis cuatro ídolos.  Cerraba los ojos  y me preguntaba que podría haber dentro de ellas. Imaginaba*…
 
 A pesar de los recortes de presupuesto, yo me encontraba en la parte del equipo que realmente quería hacerlos sentir como en casa. Solicitar que se consiga un poco de aquello, correr a un lado para  a obtener esto. Correr todo el tiempo por algo. Subir y bajar millones de vertiginosas escaleras. Trataba de que mi alma convenciera a mi físico que eso era lo que queríamos, lo que siempre habíamos soñado. Repetía para mí misma: “cuerpo  trabajemos en conjunto, no me defraudes ahora”. Por favor, Por favor*.
El tiempo siempre era insuficiente para poder dar fin a la larga lista de tareas. Mientras tanto, foráneos y lugareños,  íbamos estrechando el vínculo. El síndrome de convivencia se dejaba notar, de saludos básicos y relaciones netamente laborales, pasábamos a las sonrisas cordiales, luego a las bromas, contar nuestros procederes y terminar compartiendo historias de vida. Tuve la suerte de conocer gente memorable: Una traductora que amaba al Sir incluso más que yo, un guardaespaldas que me cuidó siempre paternalmente y hasta un buen político de un país tropical que nos hace el honor de vivir aquí ahora. Trabajando todos por una misma causa, en  conjunto nos íbamos desgastando  con el trascurso de los días. Lo único que nos mantenía en pie era la adrenalina y amor al arte. Todo lo que uno necesita es amor*.
Preparamos el cuarto del Sir, lo equipamos y ayudamos a concretar los últimos toques decorativos. Incluso le pedí a mi madre me preste su equipo de música para que todo quede perfecto. Así fue, y me dicen que él lo utilizó horas antes del gran momento. Mientras, el Sir escuchaba música y terminaba de alistarse,  todos los del grupo seguíamos afinando los detalles. El estadio se iba llenando de miles y miles de personas. Mi familia no fue ajena a este evento, y yo -desde mi privilegiada posición- los saludaba batiendo las manos, aunque no podía distinguirlos entre la multitud de las tribunas. Les decía me hagan una señal y divisé a mi hermana. La vi ahí parada*.
Hice una pausa a mi trabajo cuando el Sir salió a escena entre  gritos y euforia colectiva. En medio de lagrimas de emoción, de sentimientos encontrados de personas que habíamos esperado toda la vida para verlo. Éramos un grupo de amantes de su música, que esa noche llegaríamos al éxtasis más orgásmico y sublime que alguna vez nos ha podido generar la música. Trabajé mucho y mi recompensa fue estar en la 1era fila durante el show. Lo vi cerca, haciendo el mejor performance que jamás había visto y veré. Escuché, mientras trabajaba, las dos pruebas de sonido previas. Pero nada se comparaba al momento en que casi cincuenta mil personas gozamos juntos al Sir. Gente que me doblaba la edad, adolecentes a los cuales yo les doblaba la edad y niños pequeños que podrían ser mis hijos. No  había barrera generacional.  Algunos  extasiados por la marihuana, todos extasiados por la música, por el derroche de amor  que se dejó en ese escenario.    Todos nos dejamos ser*.
Bailamos, gritamos y lloramos cuando recordó a sus dos amigos fallecidos. Yo lloré, lloré mucho, no me avergüenza decirlo. Mi sueño hubiera sido ver a los cuatro grandes juntos, pero sabemos que no es posible. Esto fue lo más cerca que estuve y fui tremendamente feliz por tres horas. Me sentí en el cielo con los diamantes*.
Terminada la  música y la sicodelia, caí en la cuenta de que yo trabajaba allí y que podía ver la retirada del Sir, y eso hice, corrimos al mismo paso y nos encontramos para despedirnos diciendo adiós con las manos. Entré rauda a su cuarto a coleccionar lo que fuera posible. Aproveché de ayudar un poco y  a los que colaboramos  allí nos tocó despedirnos, felicitarnos, abrazarnos y expresar lo bonito que había sido trabajar juntos. Todos juntos*.
Ojala el Sir se lleve un buen recuerdo de este país. Espero que  el inicio de su mágico y misterioso tour* haya sido placentero. Recuerda siempre que se llevó a cabo con una pequeña ayuda de tus amigos*, con mucho amor.
Muchos de ustedes saben que pude estar allí gracias a la comprensión de mi adorada esposa. A la ayuda de mi madre y hermana.  A la paciencia de mi hija. Gracias a todas ellas  que permitieron que hiciera una pausa en mi vida para cumplir este sueño. Pero claro, muchos de ustedes saben que se lo debo a una persona en particular. Los que me conocen saben lo mucho que quiero a ese chico*.
Mi sueño dorado* se ha cumplido señores, como dice mi amiga la catalana, ya puedo tacharlo de mi lista.
Los dejo, voy a descansar, estoy muy cansada*.  
**Intento de cita:
 
  • Do You Want to Know a Secret (Lennon/McCartney)
  • Imagine (Lennon)
  • Please, Please Me (Lennon)
  • All you need is love (Lennon/McCartney)
  • I Saw Her Standing There (Lennon/McCartney)
  • Let it be (Lennon/McCartney)
  • Lucy in the Sky with Diamonds (Lennon/McCartney)
  • All Together Now (Lennon/McCartney)
  • Magical Mystery Tour (Lennon/McCartney)
  • With a Little Help from My Friends (Lennon/McCartney)
  • This boy (Lennon/McCartney)
  • Golden Slumbers (Lennon/McCartney)
  • I'm So Tired (Lennon/McCartney)



jueves, 3 de marzo de 2011

París

Cada cinco años son las elecciones presidenciales en mi país. Esta época, llena de campañas electorales y pugnas de poder, me desagrada y agrada a la vez. Me atrapa la incertidumbre del próximo lunático que nos gobernará, pero no puedo evitar apasionarme  con la política. Fuera de eso, siempre llego a la misma conclusión,  la política es como París: linda por fuera y… bueno, antes de terminar la frase, permítanme contarles mi historia.
Saber que llegaríamos a París, luego de una semana de cruzar el charco, era una ilusión que nos embriagaba. Para toda gran experiencia hay que prepararse, así que no vacilamos en desempolvar el viejo manual de mi padre: “Francés para viajeros” y memorizar algunas frasecitas que repetíamos sin cesar en el tren que nos llevaba desde Burdeos hacia “La Ciudad Luz”: Bonjour, Au revoir, Excusez-moi, ¡estábamos listas! Arribamos finalmente a la Gare du Nord (Estación del Norte) y allí nos esperaba una de las personas que nos hospedaría. Era una chica africana, Testigo de Jehová, con quien mi tía nos contactó, pues compartían  la misma religión.  La chica, era cordial y nos recibió con alegría. Nosotros, le respondimos con igual  buena onda y por obvias diferencias de credo, decidimos no ahondar en nuestro particular estilo de vida.
Siempre imaginamos que nuestro temporal hogar parisino seria de ensueño. Con olor a crêpes y una linda vista del río Sena. Nuestro sueño se desbarataba cuando nos alejábamos cada vez más de la estación. No importaba, nosotros somos gente sencilla, en cualquier lugar nos acomodamos. Camino al hogar, sentimos que un hedor envolvía nuestros olfatos. Inmediatamente  pensamos que tantas horas de viaje, habían provocado una reacción axilar en nuestros cuerpos latinos.   Negativo, aún olíamos a Lady Speed Stick, al parecer era nuestra anfitriona. Al llegar, grupos de chicos en sus autos y estridente hip-hop nos daban la bienvenida. Pensé que todo era una broma, que tal vez estaban filmando una película de pandillas y que por eso habían recreado este escenario delincuencial. Caí en la cuenta de que todo era verdad. Con respecto al hogar, es  imposible plasmar en palabras los fétidos olores que convergían en ese lugar. Para sorpresa nuestra, el baño era muy limpio. Una pulcritud alterna y ajena a ese hogar. Al parecer las hermanas nunca usaban la ducha, pues cuando la abrimos el agua salió marrón. Ellas estaban tremendamente sorprendidas de nuestra costumbre diaria de aseo y nos preguntaban “¿hoy también le tocó bañarse?”
Las hermanas eran amables y hasta cierto punto alegres. Nosotros, en un intercambio cultural, le hicimos escuchar música peruana. Al sonar una canción afro peruana, una de las morenas, que era grande en todo sentido, se paró de un salto y se puso a bailar. La mayor de las hermanas, Kinki (diminutivo de King Kong) como cariñosamente la apodamos, batía brazos y piernas soltando proyectiles letales  de hedor. El bailoteo se detuvo cuando oímos una balacera  seguida de sirenas policiales. Al día siguiente, manchas de sangre en el ascensor nos confirmaban que estábamos en el mismo infierno.    
Olvidado el mal rato, y dispuestas a gozar de Paris, eso hicimos. Conocimos lugares maravillosos, los que salen en las películas, los que son románticos. En donde se respira amor y arte. Los franceses fueron tremendamente amables con nosotros. Desde la gente que nos prestaba el baño cuando mi adorada esposa les decía “tulit” en lugar de toilet. Nuestras adorables primas a las cuales ubicamos el último día. Y, como olvidar al misionero que evitó que perdiéramos el tren que nos llevaría al siguiente destino.
En París aprendimos que toda ciudad tiene un lado hermoso y un lado horrible. Que nunca hay que mostrar rezagos de catolicismo frente a los hermanos de Jehová. Y, que siempre hay que brindar mirando a los ojos, si no puedes tener siete años del mal sexo, nadie quiere eso.  
Los dejo, voy a comer un rico crêpe suzette.

martes, 8 de febrero de 2011

Año nuevo chino

El  03 de febrero, luego de haber tenido un día lleno de tenciones, as usual,  fui en compañía de mi adorada esposa al supermercado. De pronto, oímos un barullo, un festín de percusiones y campanillas acompañando al  famoso dragón chino.  Se celebraba el comienzo del Año del Conejo, para los chinos.
Eran seis hombrecillos que sudaban la gota gorda contoneándose en las entrañas del mitológico animal. Por otro rincón, un caballero nos invitaba, desinteresadamente,  a llevarnos un puñadito de arroz, trigo y lentejas. Sugirió ponerlo en la cartera para atraer la abundancia, y como en estos momentos sería ideal efectivizar ese augurio, llenamos nuestras manos de la millonaria combinación.
A pesar que guardo una gran afinidad con la cultura China, no tengo gratos recuerdos del Año Nuevo Chino. Mi resentimiento con esta celebración se inició hace unos años atrás. Nosotras vivíamos frente a un restaurante de comida china. Entonces, una noche, mientras dormíamos, escuchamos un conjunto de explosiones y demás detonaciones bélicas. Yo, me paré de un saltó de la cama, grité, exclamé al cielo y lloraba sin control mientras buscaba algún teléfono para llamar a la policía. Los segundos se hacían eternos y entre los ladridos de las perras trataba de elaborar una estrategia de escape.  En medio de está situación de guerra, mi adorada esposa me preguntó: ¿Se puede saber qué te pasa? Le respondí: “¿Acaso no te das cuenta? ¿No escuchas las bombas? ¡¡El terrorismo ha vuelto!!” Ella se puso a reír y me dijo: Los terroristas sí que tienen ritmo, esos son tambores y fuegos artificiales. Me abrazó para ayudarme a entrar en razón y ambas terminamos riendo. La explicación a todo era simple. Comenzaba a regir el Año de la Rata y los vecinos orientales lo celebraban a lo grande.
Pasado el alboroto, le contaba lo terrible que había sido para mi, y todos los de mi generación vivir la Lima de los años ochentas y noventas. El terrorismo, que ya antes había golpeado otras zonas de este país, se empezaba a manifestar para nosotros los capitalinos. Yo en esa época aun era una niña, y los niños tienen la maravillosa facultad de encontrarle el lado amable a todo. Cuando estos infelices detonaban una torre de alta tención y nos quedábamos sin luz, nos encantaba reflejar sombras de animalitos en la pared y luego jugar con la cera de la vela. Además, había escasez de alimentos, entonces se tenía que hacer largas colas para todo. Pero, como mi madre es la mujer maravilla, poseedora de un encanto natural, hacia que sus caseras del mercado le reserven estos productos de primera necesidad, a precios justos y sin hacer colas.
A lo lejos recuerdo algo que en ese entonces se llamaba “paro armado”. Para nosotros eso sólo significaba que no teníamos que ir al colegio y nos parecía genial.  Lima estaba de cabeza, tan es así que hubo un día donde el agua potable salía sucia y con mal olor. Aquel día lo denominaron el Martes Negro. Pues hubo además un corte de luz y por si fuera poco, alzas de precio.  Dicho en peruano: apagón, paquetazo y agua con caca.
Es comprensible que por nada del mundo quisiera vivir nuevamente esto. Ahora de grande reparo en lo terribles que fueron esos años. Siempre es más fácil ser niño. Tener alguien que te proteja y solucione todo por ti. Como en la película La Vida es Bella de Benigni.
Los dejo, tengo que ir a recoger a mi principessa.          

miércoles, 26 de enero de 2011

La Playa

El origen de la vida fue un tema que me cautivó durante mi niñez. Me resulta -como a muchos- imposible pensar que el universo fue creado en 7 días con  una varita mágica. La idea me parece romántica y respeto a quienes la apoyan en un acto de fe.  En lo personal, considero más simpático pensar que la vida se inició en el mar, pues como dice la canción: En el mar, la vida es más sabrosa.
Debe ser por este motivo que las personas nos ponemos tan felices cuando sabemos que vamos a visitar el mar. Verlo, olerlo, escucharlo o sentirlo es sinónimo del relax más sublime. Este mismo sentimiento me embargó cuando supe que nuestra amiga, la artista, nos había invitado a pasar un fin de semana en su casa de playa. Era la primera vez que dormiría fuera de casa y mejor aún fuera de la ciudad. Para completar esta maravillosa aventura, nuestra amiga la artista tenia auto propio. Para nosotras, mi hermana y yo, este paseo  sólo podría ser presagio de pura diversión y sueños de libertad. 
Emprendimos nuestro camino. Antes, de forma muy organizada, habíamos preparado el cargamento: millones de piqueos, licor del más barato,   cientos de cigarros, muchos cd’s y rollos de foto. Felices hasta el copete, nos trepamos en el autito blanco con la música a todo volumen y alguien dijo: ¡Playa, allá vamos!  Partimos raudas como el viento y a los 10 minutos el  velocímetro ya marcaba los 100 kph. Éramos las dueñas de la carretera, de nuestro destino, estábamos on fire! De pronto, noté algo raro y les dije a las chicas: ¡esto está que quema! Ellas respondieron: ¡siiiiiii, es que somos ardientes! No carajo, ¡el carro se quema!, les grité. En efecto, abrimos la humeante maletera y del radiador fluía un líquido verdoso e hirviente. Unos experimentados camioneros nos auxiliaron y llegamos a nuestro  destino, sanas y salvas.
La casa de playa era hermosa, frente al mar, con una linda mesa de billar blanca y una terraza de ensueño. Desempacamos, pusimos el cd de Bob Dylan y preparamos cantidades industriales de cubalibre. Empezamos entonces a libar como si fuera el último día de nuestras vidas. Vasos van, vasos vienen, mil risas y charlas cruzadas donde nos contábamos de todo un poco. Bailábamos como loquitas las canciones de la época. Todas esa música incluía su propia coreografía, hecho que me parecía una falta de respeto para las personas que no bailamos bien, esos cantantes debieron haberme  indemnizado de por vida por someterme a la burla colectiva de no achuntarle a ningún   paso. No importaba, estábamos entre mujeres y  bailábamos con la escoba, cantábamos con botellas simulando un micrófono y con el alcohol en nuestras venas nos sentíamos unas reinas.
En plena euforia, convenimos hacer un coro, un trío musical que juramos -dentro de nuestra embriaguez- pasaría a la historia. Mi imaginación voló y lo organicé todo, mi hermana haría la primera voz, yo la segunda y mi amiga la artista haría…bueno, ella haría su voz. Cómo toda buena juerga, esa noche terminó con una expulsión oral de los contenidos estomacales de mi hermana, en criollo: vomitó hasta el alma.
A la mañana siguiente aprovechamos el tímido sol primaveral para tomar  muchas fotos. Y, cuando el sol se ocultó era momento de regresar a la gris Lima. Lamentablemente, los paseos de playa no pueden ser eternos, uno tiene que llegar a casa a extrañar el arrullador sonido de las olas. Repetimos este paseo un par de veces con más personas,  y la pasábamos igual de lindo. Señores, les cuento con gran pena que esta casa se vendió. Seguramente ahora es guarida de jóvenes aventureros y soñadores como los fuimos nosotras en aquella época. Espero así sea.
Pero, siempre nos quedan los recuerdos en el corazón, de esta y mil aventuras que he tenido con mi hermana y mi amiga la artista, que es como otra hermana.
Los dejo, voy a llamar a la artista. Le dije que lo haría en cuando terminara de escribir este post.

miércoles, 12 de enero de 2011

Derecho de Piso

Siempre me ha parecido curioso como la vida puede cambiar de un segundo a otro. Las decisiones que uno toma, que incluso al principio pueden parecernos simples, cambian el rumbo de todo. Algo relacionado nos ocurrió a nosotras, es decir, a mi adorada esposa y a mí. 
Al comienzo de nuestra relación ambas vivíamos en lugares distintos y distantes. Señores, los amores a distancia son igual de sólidos que la gelatina en verano. Así que, en una cotidiana conversación telefónica decidimos acortar ese trecho, y ella, lo dejó todo para venir hacia mí.                                                 
Como es de suponer, mudarse desde tan lejos no fue tarea fácil. Ella lo hizo bien, chapó su guitarra y en otros dos bolsos metió todo. Entonces, se enrumbó en horas de viaje hacia aquí, no sin antes provocar un incendio en la cocina desatado por un afán depilatorio de última hora. Accidente común femenino: descuidar la cera en la hornilla encendida. Consecuencia: Ir a comprar pintura con carácter de urgencia para camuflar el desastre. Por si fuera poco, su compañero de asiento durante el trayecto era uno de estos trotamundos enemigos del agua y el jabón. Mi adorada esposa viajaba muy limpia, aunque con la cabeza llena de chispas blancas de pintura. Era justificable que esos vecinos hedores la perturbaran todo el camino.
Finalmente juntas, me contó su odisea y le dije en tono cursilón que lo olvide todo, que ya estábamos juntas y le dije que desempacara. Sus maletitas parecían las de Mary Poppins, sacaba ropas, zapatos, artefactos y demás. Mientras yo trataba de descubrir algún doble fondo en el equipaje, sentí que el cuarto empezaba a apestar, a impregnarse de un muy mal olor. Al parecer, la viajera mal oliente habría sido mi ella, pues sus zapatillas se llenaron de agua cuando ella fungía de bombero. Eran unas bombas fétidas. Un asco.
Establecida ya en mi amado país, no perdimos tiempo en buscarle un trabajo. Buscar trabajo es horrible y más aun para nosotras que no atesoramos una gran variedad de ropa formal – laboral. Lo típico, pedir prestado carteras decentes a mi hermana, arreglarse muy bien y salir a recorrer la selva de cemento ¡a paso firme! bueno, no tan firme, pues la pobre olvidó sus zapatos y tuve que prestarle los míos, una talla menor. Cada paso con esos zapatos ajenos era todo un sacrificio, una promesa votiva, una autoflagelación. Olvidé acotar que en esa época no tenía auto, así que íbamos a las entrevistas en bus. En un país de primer mundo este último hecho no tendría relevancia, pero los invito a tomar el trasporte público de Lima y si sobreviven entenderán lo que les digo.
Pero así fue,  fue en esas circunstancias que mi adorada esposa trató de abrirse campo aquí. No hay mal que dure cien años, no hay cuerpo que lo aguante. Existen cosas que en algún momento nos llenan de desazón y luego pasan a ser anécdotas. La vida nos hace pagar derecho de piso y a veces la tarifa es alta.  Pero creo -y cuando lo olvido me obligo a auto convencerme de nuevo- que todo pasa por algo y que las cosas más maravillosas vienen precedidas de muchas hechos que en algún futuro llamaremos anécdotas. Un poco más de paciencia.
Los dejo, hay mucho por hacer hoy, tal vez cambiar algún rumbo.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Finales

Alguna vez, hace mucho tiempo, Lima era una ciudad de clima definido. La llegada de Diciembre se sellaba con los primeros días de calor del año. Era momento de cambiar de vestimentas, despojarse de la azulina chompa escolar y dar paso a prendas más ligeras. Para mí, ver los primeros rayitos de sol  sólo significaba estrés, puro purito estrés.
 Significaba, que el año escolar llegaba a su fin y tenía que agenciarme de mis mejores estrategias para no reprobar los cursos. En mi cabeza se desarrollaba un intenso proceso creativo de  justificaciones   para mi bajo rendimiento en el colegio, las cuales  tenía que explicar  a mis padres y maestros. De por sí, el colegio era una tortura, y además esto. ¡No hay derecho! Señores, una adolecente no merece tanto estrés.
Me pregunto si realmente el fin de cada calendario romano, marca también el cierre de algo en nuestras vidas. Si alguna energía se rompe para dar paso a alguna otra. No creo tener una respuesta acertada, pero sí se que hay millones de cábalas para atraer mejorías en este nuevo comienzo. Como diría nuestra internacional Tigresa del Oriente -reina del youtube-  para este “Nuevo Amanecer”.
Solíamos recibir el Año Nuevo con mi abuela. Éramos felices allí, llevábamos nuestro muñeco tamaño real para quemar, reventábamos cuetes y comíamos pollo a la brasa que mi abuelo compraba. En esa cuadra toda la vecindad tenía sus cábalas. Una vecina   esperaba la media noche con una maleta en cada mano y llegado el momento daba una vuelta a la manzana. Según sus creencias, eso le traería en el año muchos viajes  y fortuna. Preservó su tradición año tras año. Sin embargo, las cosas en Lima se pusieron muy picantes y la delincuencia aumentó. Ya en los años noventas, un ratero sin espíritu  viajero la esperó  en el tramo más oscuro de la manzana y le robó las dos maletas.
Una tradición que tampoco tuvo continuidad fue la de tener monedas en ambas manos y arrojarlas a las doce. Con la crisis que vivía el país en esa época, nadie quería despilfarrar el dinero así. Y si alguien lo hubiera hecho, seguramente otro estaría  presto a recogerlas. Lo de comer lentejas y uvas es algo que he hecho aquí y en otros países.  Puedo aseverar que las lentejas siempre son más ricas aquí, con más sabor y color. Lo de las uvas es algo muy estresante, en España nos hicieron comer una uva por campanada y yo no entendía   que lapso de tiempo había entre campana y campana. Por último, no me gustan las uvas y la verdad no creo que nada de esto funcione. Combinando estos dos alimentos lo único que puede lograse es amanecer el 1ero de Enero con una diarrea del carajo.
Creo, y lo he hecho muchas veces, que lo mejor es un buen baño de mar, dejar que Yemanyá se lo lleve todo. Si no estamos cerca al mar, sólo nos queda desear y creer que todo siempre mejora. Pensar que vinimos a esta vida a ser felices y que no podemos irnos sin lograrlo. Amar mucho, no joder a los demás y decretar que nadie nos joda a nosotros. Yo le pido al universo seguir amando, seguir siendo amada, vivir en paz y en armonía con mis seres amados, mucha salud para todos…y por supuesto cantidades ingentes de dinero.
Los dejo, voy a comprar un calzón amarillo, XXL. Señores, Feliz Año. Bendiciones.