viernes, 13 de abril de 2018

11A


Quiero escribirte algo, algo para que el tiempo no me deje olvidar cuanto te amaba.
Mi alma no encuentra consuelo hoy, ni lo encontró ayer y tal vez no lo encontrará mañana. Es tal vez porque tus mensajes no me despertaron al amanecer, es tal vez porque ayer no intenté hacerte reír, cuando lo hice ya era tarde.
Debí hablarte más temprano y no lo hice. Ahora mi alma no tiene consuelo. No me da alegría el sol de esta mañana, ni los mirlos que me cantaron fuerte. Respirar me pesa, tanto como me pesa que no te veré este viernes para brindar, ni comeremos parrilla el sábado. Tampoco me vendrás a ver el domingo para que hagas siesta en mi sofá.
Se supone que debo aprender a vivir con esto? Pues si, porque el mundo no gira en torno a mi, y debo ser un roble para cumplir lo que tanto me pediste. Sabías que lo haría, que en algunos asuntos mi palabra es mi ley y me reafirmo, yo lo cumpliré, anda tranquilo.
Ayer te prendí una vela mientras miraba el sofá, tu silla, el bidón donde tomabas agua, por nuestra eterna guerra a las bebidas gaseosas. Yo te sentía en cada rincón. Supongo que así será desde ahora, solo sentirte. Pues ya no puedo verte, saludarte y poner mi mano en tu barba rasposa.
Pensé que envejeceríamos juntos los 4, felices, en una isla griega como dijimos, donde ya viejos podríamos dedicarnos a disfrutar de un cigarro nuevamente, sin temor a enfermar.
No entiendo esto. Sólo queda el amor, la hermandad y el dolor.
Jueves 8 am.

jueves, 14 de diciembre de 2017

In my life

Soy una rebelde casi  cuarentona y posteo de forma muy esporádica, sin la disciplina de un bloguero real. Antes tenía mucho tiempo para escribir, no tenía tantas obligaciones, la vida era diferente, más fácil en algunos sentidos.
Pero quién carajo dijo que la vida es fácil. De hecho, la vida es difícil, llena de personas y situaciones complejas donde nos cuesta encajar. Nos topamos con la cruda realidad de la dureza de la vida una y mil veces. Uno cae y se levanta, se olvida cómo funciona todo y luego cuando vas cogiendo ritmo todo se viene abajo de nuevo. Esto aplica a todos los ámbitos. Pero aun así, hay que buscarle la gracia al asunto.
Una de las cosas que yo más aprecio y valoro en la vida es la amistad. Quienes realmente me conocen pueden dar fe de ello, tengo amistades viejas que he cultivado a lo largo del tiempo. Mis amigos son la familia que yo he escogido. Por ahí algunos lectores van a decir que saben de algunas amistades que ya no forman parte de mi top list. En mi defensa digo que: algunas veces el destino y las afinidades tienen planes propios y hacen que nos alejemos de algunas personas, conservemos otras y conozcamos a nuevas. Peor aún, hay amistades que de un momento a otro se van de este plano, pero que juro que buscaré en otros planos. Esto es para ti pequeña, que siempre te quejaste que sólo escribía de tu hermano y nunca de ti.
Mis aventuras con amigos son infinitas y disfruto recordar todas, las graciosas, las tristes, las traviesas y  las malosas (tengo especial cariño recordando estas últimas). Sentada en mi escritorio tengo días donde me rio sola, tomo el celular y les escribo: oye te acuerdas de esto y cuándo hicimos aquello. Mi corazón se llena de alegría y de nostalgia.
Ahora de "grande" me he vuelto ridículamente sensible y llorona  en general y más con esta clase de recuerdos. Atrás quedaron los deseos de ser la cabeza femenina de la mafia, calculadora y gansteril. La cara de pesada es lo único que he conservado.
Este post es un desorden de sentimientos y es que así me tiene esta época de fin de año. Vuelvo a mi clásico sentimiento escolar, tengo una semana para resolverlo todo y cerrar el año tranquila.
Entre tanto que hacer, el sábado celebro Navidad con los demás miembros de la Cosa Nostra, es decir las del colegio y nuestras respectivas familias. Hoy por hoy, todas somos una gran familia y nos amamos. A veces estamos muy lejos pero cuando nos vemos, estamos nuevamente en 1ero de secundaria jurando que seríamos amigas para siempre y así lo hicimos.
"La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor", lo tomé de un artículo que hace poco escribió Vargas Llosa. Esa frase no puede resumir de forma más perfecta lo que para mí es la amistad. Viejos amigos que guardo en mi corazón y memoria, nuevos amigos que conozco y cultivo con ilusión y respeto.
Hoy parte una amiga y en una semana otros amigos. Todos tan queridos y especiales para mí. Dejan este país en busca de mejores horizontes.
Lo que menos tolero es que ahora lo tolero. Tolero vivir con la ausencia física temporal de quienes tanto quiero. Supongo que algo de madurez hay en mí que me hace saber que mis amigos deben volar porque su felicidad está en otro lugar. Y sé que así será.
Odio las despedidas tanto como las sorpresas, ambas me acorralan en una situación muy vulnerable. Pese a la distancia, "la amistad trasciende el tiempo y el espacio" esa frase si es mía, creo, siempre la digo.
Me calmo, ahora para mi suerte, hay tecnología, aquella que me ayuda a diario a tener contacto con amigas que hace mucho no están aquí. Las cuatro brujas del día a día que andan desperdigadas por el mundo, amistades bonitas.
Mi corazón es grande, sólo metafóricamente, lo certificó el cardiólogo en Agosto de este año, y guardo en él un lugar profundo para todos mis amigos. Les regalo mi lealtad, mi tiempo,  mis bromas y por su puesto mi cariño.
Los dejo, he escrito este post en mi celular, cortesía de una actualización de mi PC. Hay sol hoy, mucho camino por recorrer aún. Con amigos que son mi familia, con mi familia que son mis amigos. Te regalo esta https://youtu.be/-eCh3y5VROM (sube el volumen)

jueves, 29 de septiembre de 2016

Pueblo Libre

La primavera ha iniciado en Lima.  Y ha llegado muy disciplinada y decidida, cumpliendo horarios a la perfección, regalándonos cielo despejado y cálidos rayitos de sol.
Hoy, camino al trabajo, mi amiga Carla, más conocida como Tatán, me mandó un link con cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Le comenté por un audio (hace tiempo que no escribo, aclaro para la posteridad de este blog que ahora existen -infelizmente- smartphones , teléfonos inteligentes de los que somos dependientes voluntariamente) que había leído un par de libros de él y los disfruté mucho.
Leído el primer párrafo, en el cual Ribeyro describe el viejo Miraflores, sentí mucha nostalgia de mi querido barrio Pueblo Libre, donde viví 16 años, poco menos de la mitad de mi vida. Allí cursé todos mis estudios de escuela, pasé de niña a adolescente y luego a ser mayor de edad.
Siempre he tenido una brillante memoria selectiva y tengo claro aún pasajes de mi llegada al barrio. Tenía menos de 4 años, la nueva casa tenía dos pisos y quedaba al lado de la casa del Libertador de América, de hecho es probable que allí se hayan gestado detalles la independencia de este país. Sentía que la casa era inmensa y hermosa, y mi hermana y yo guardábamos una hermosa ilusión del nuevo vecindario. Nuestro futuro colegio -católico- quedaba a unos pasos y también un parque hermoso donde se erigió un monumento del Libertador.  
Mi infancia fue feliz. En las mañanas andaba pegada a mi mamá mientras mi hermana se iba al colegio y mi papá a trabajar muy lejos. Contemplaba a mi mamá cocinar, me encantaba mirarla y desempeñarse de forma mágica en la cocina. Aún tengo esos aromas presentes. En un placentero flashback evoco con amor los manjares que siempre se prepararon en esa cocina. En esa casa hubo, en su mayoría, momentos bonitos o al menos he decidido recordar las cosas de ese modo y de disfrazar algunas situaciones familiares que ahora prefiero verlas sólo como enseñanzas para mi vida adulta.
Cuando uno es niño le gusta ver las cosas de forma divertida. Yo sobrepasé las restricciones gubernamentales de servicios básicos (luz y agua) con mucho humor. Era divertido jugar con las velas y juntar agua. También me gustaba escuchar cuando mi mamá contaba que la gente hacía colas para conseguir azúcar y arroz pero que a ella su casera le guardaba costales y ella se encargaba de repartir a las abuelas y a las tías cercanas.
Ya en verano la rutina era otra. Tardes de juego interminables con mi vecinito y mi hermana. Los tres éramos los locos de la bicicleta y los carnavales. También del Atari.  Antes que se haga de noche nos gritaban para entrar a la casa. Sudados y a veces con heridas de guerra posponíamos el juego hasta el día siguiente. Eran épocas donde uno jugaba en la calle sin pensar que un carro te iba a atropellar y podías saludar a los vecinos adultos sin tener la noica que fueran a hacernos daño.
Ya en mi adolescencia dejamos esa casa y nos convertimos en nómades de la Av. La Mar. Vivimos en la cuadra 17, 19 y 15, respectivamente. Yo me regresaba caminando del colegio con las que mi hija llama ahora: las tías fiestones o las de la mancha. Nos habíamos vuelto unas palomillas, siempre a la broma y al hueveo. Nos bautizaron como la Mancha Brava, la Cosa Nostra y otros nombres peores, los cuales no acredito pues considero que tras toda la pose, éramos sanas y buenas. 
Nuestros casi 30 años de amistad avalan mi teoría. Hemos estado juntas en las buenas, en las re buenas, y en las malas. En juergas locas, aventuras, despedidas de solteras, baby showers, matrimonios, bautizos, divorcios, viajes, kermeses y fiestas de guardar. 
Viví ahí y me mudé antes que terminara mi primer año de Universidad, nuestro Pueblo Libre ya nos quedaba lejos de todo. Me llevé en el alma el olor de jazmines en las noches de verano, mis primeras caídas en bici, mi irremediable rebeldía adolescente, las vivencias de épocas duras y como empecé a gestar los gustos y manías que me definen ahora.
Vuelvo de cuando en vez al barrio, con mi hija al museo o con mi esposa a tomar algo en el Queirolo. Siempre que llego, bajo del auto y lo primero que hago es inhalar fuerte, respirar el aire que me vio crecer, y en un segundo mil recuerdos me bombardean. Sonrío, soy feliz aquí, aquí soy libre.
Los dejo, hoy vagamente jugué a ser bloggera de nuevo y no he trabajado un carajo.  



domingo, 11 de noviembre de 2012

Calimalú

He notado que acostumbro  escribir sobre cosas que me han pasado fuera de mi ciudad. Traigo a colación una y otra vez anécdotas de mis aventuras viajeras, y hoy  lo haré otra vez. Estoy despierta desde las 4:00 am, cortesía de mi hija maravillosa, y sin frustrarme por mi somnus interruptus, me puse a hacer cosas. Las ganas de escribir venían a mí pero las hacía a un lado y en vista de que aún soy la única despierta, aprovecharé rapidito de escribir.
Creo que fue  en el 88’ que viajamos al norte. Nuestros vecinos eran de esos lares y aparte la familia materna de mi padre era original de allí, así que la afinidad que desarrollamos por esas cálidas tierras fue grande. El destino central siempre era la provincia de Piura, destacada por sus mil atractivos turísticos, pero a mi parecer destacada por sus cremoladas (dícese ahora frozen), panes, mangos, chifles (chips de plátano), entre otros. Es cierto, muchas de mis remembranzas más perdurables siguen asociados a la comida.
Finalmente en nuestro destino, dimos inicio a estas calurosas vacaciones de verano. Éramos un grupo grande los que viajamos para allá. En este año, Piura estaba particularmente hirviente, pero aún así la recorrimos y nos divertíamos a morir yendo de un pueblito a otro. La gente era más que amable, tanto así que en una ocasión pasamos por un lugar donde se celebraba una boda y pedimos prestado el baño. Luego de haber satisfecho nuestras necesidades fisiológicas, fuimos invitados a la fiesta. Todos, los veinte,  gozamos de esta generosa invitación al festín. Bailamos, comimos, reímos y nos retiramos dejando agradecimientos y bendiciones a la nueva pareja.   
El destino era inacabable y seguíamos visitando lugares. Nos detuvimos en uno que era el mismo infierno, exageradamente caliente, peor que una sauna. Afortunadamente, para distraernos de este clima dantesco, vimos que había una Feria, entretenimiento garantizado decían. Nos adentramos a la feria, era silenciosa y árida, en la cara de los pueblerinos sólo se observaba gestos de sorpresa.
Hicimos el recorrido cuando nos chocamos con “la mujer serpiente”. Era una mujer dentro de una urna con serpientes tremendamente venenosas que le caminaban por todo el cuerpo. Afinando bien el ojo, vimos que las serpientes no podían sacar la ponzoñosa lengüita y era porque les habían sellado la boca con cinta adhesiva. La pobre mujer sudaba y oraba para que el sello bucal de las serpientes fuera duradero. Por supuesto que esta atracción nos pareció una charlatanería, pero no quisimos romper la ilusión de los demás.
Pero, aún faltaba la atracción central, por la que todos habían asistido a esta feria y era Calimalú. Con un megáfono viejo la anunciaban: Calimalú la “mujer tortuga”, traída de las islas Galápagos. La ÚNICA, venida desde el Ecuador, pase a verla. Entramos presurosos e incrédulos, con aires de capitalinos modernos, con TV de control remoto y VHS, personas de mundo que lo habían visto todo.
Nos abrimos paso entre la multitud y pudimos verla. Increíblemente,  era una mujer tortuga. Cabeza de mujer, cabellos de mujer, ojos de mujer, boca de mujer y su cuerpo era un enorme caparazón. Ella estaba posada en la tierra y la gente generosa le arrojaba lechugas. Calimalú, era pausada y lenta -como toda tortuga- pero mítica y mágica. Recibía agradecida estas ofrendas y las comía con agrado. Luego giraba su cuello, abriendo y cerrando su boca.  Hasta recuerdo aún el sonido de sus labios: bap, bap, bap.
Estuvimos boquiabiertos como por 20 segundos, igual de sorprendidos que todos. Pero en un rápido paneo ocular registramos que la pobre mujer había sido metida en un profundo hueco bajo la tierra y le habían chantado ese caparazón de 80 kg. Inmediatamente, uno de los adultos de nuestro grupo exclamó: ¡Esto es mentira! saquen a esa pobre mujer que se va a morir con este calor. El resto de grupo -grandes y chicos- nos unimos a las arengas y gritábamos: ¡mentira¡ ¡sáquenla!  De pronto, desatamos la ira de los lugareños quienes nos gritaron: ¡Váyanse! ¿Qué se han creído?  Así son estos limeños ¡malcriados! La cosa se puso tan candente que salimos corriendo y nos trepamos a la camioneta asustados, estaban a punto de echarnos con piedras y palos. No apreciaron que queríamos abrirles los ojos y enseñarles la verdad. Prefirieron seguir creyendo que Calimalú era verdadera.
Fuimos un verano más a esas tierras y luego dejamos de ir. No he vuelto a ir desde entonces. En todo caso, si algún día volviera y me topara con Calimalú, la miraría con más respeto. Pues, ahora no  me importa si fue verdad o fue mentira, lo importante es que la recordé durante toda mi vida y siempre fueron recuerdos divertidos, asociados a viajes de infancia, en familia y con amigos. Memorias nostálgicas, de un pasado más simple y más sano.

Los dejo, voy a pedirle a mi mamá que nos invite a tomar desayuno.

 

viernes, 20 de enero de 2012

Receso


Me he corrido de escribir por muchos meses. Les juro que esta vez no es inconstancia. Fue más bien el afán de darle un cierre a algo que ocurrió en mi vida, algo importante que me marcó así como yerra de ganado. Quería, antes de empezar a escribir de nuevo, que todo ese capítulo de mi vida se acabe, o milagrosamente se reescriba, pero ya han pasado más de seis meses y no puedo esperar para siempre. Por eso hoy, que como rara vez estoy desocupada y sola, he cogido la computadora con timidez absoluta. Estoy esperando que el teclado y yo entremos en la complicidad de costumbre y nos aventuremos a escribir notas entretenidas, bromas malosas, cosas amorosas, anécdotas de aquí y allá.

Siempre que inicio o retomo algo, lo hago con miedo, o como bien lo evocó mi hermana hace poco en un post, con una sensación a la cual  de niñas denominamos como “dolor de estomago pre fiesta infantil”. Sí algo he aprendido en la vida, es que la única cura para este síndrome es acojonarse y tirar pa adelante. Total, si no  la cosa no fluye, borro esto y ustedes nunca se enterarán.

Algunas de mis amigas, buscando alguna clase de perpetuidad virtual en mi humilde blog, siempre me piden que escriba de esto o aquello, cualquier cosa que las involucre. Yo, mentirosamente, siempre les digo: Ok en el próximo escribo de ti. No les he cumplido y no es falta de amor, si no que rehúyo a escribir de las historias de mis viejas amistades porque son demasiado lindas para mí, temo opacar la palomillada que quiero plasmar con nostalgias del tiempo pasado.

Colegio de monjas y de alumnado femenino, donde nos teníamos que resignar a no interactuar con el sexo opuesto. Las mujeres somos complicadas, pero coincidimos unas cuantas locas que éramos buena onda, juguetonas, jodidas, rebeldes, vitales e incomprendidas. No es que nos hayamos propuesto molestar a las autoridades colegiales, si no que ellas decidieron fastidiarse con nuestra presencia. A decir verdad, esto alimentaba nuestro ego adolecente y entrabamos en un círculo vicioso de pugnas de poder. Se me viene a la mente los recreos, donde nos querían controlar tipo panóptico, y nuestra táctica era dispersarnos por todo el patio, de manera que no puedan vigilarnos. En una esquina mi comadre se abría la blusa y se bronceaba, en esa época ella poseía dos grandes razones para atraer las miradas a su colorido bikini. En otro lado fingíamos una pelea de callejón con apuestas y todo. Metros más allá,  dos inocentes jugaban a las palmadas y las que quedaban fingían estar locas balanceando su cabeza como perritos de taxi. En consecuencia, la subdirectora -que ese año gracias a nosotros fue una civil, es decir no era monja- se volvía loca, un poco más de lo que estaba.

Con estos actuares, obviamente, dimos pie a que se tejieran mil conjeturas entorno a quiénes realmente éramos.  Algunas decían que éramos drogadictas, y que de hecho traficábamos estupefacientes en forma de caramelos y se los dábamos a las niñas pequeñas. Que robábamos para poder satisfacer nuestra adicción a las drogas y el alcohol. Que en el futuro sólo podríamos ser burriers, rateras y lesbianas.  

Aclaro, que esos mitos estaban muy alejados de la realidad y basándome en lo ya ocurrido, desvirtúo tajantemente esas predicciones fatalistas sobre lo que sería nuestro futuro. Pues, todas terminamos siendo profesionales, mujeres de bien, algunas madres y gracias a Dios felices. Eso sí, de lo que no nos pudimos curar fue de la locura.
Lo triste es, que luego del colegio nunca más nos pudimos ver con esa frecuencia obligada que disfrutábamos tanto. Pero, nos las arreglamos para coincidir nuevamente por ahí. A veces, y por tiempos, nos alejamos, nos desentendemos. Lo bonito es, que  el amor siempre queda, no se extingue. Los recuerdos, están siempre aquí, como si fuera ayer. Como si no hubieran pasado casi dos décadas. Escribiendo, me sentí una quinceañera de nuevo. Extraño estas épocas.

Los dejo, I AM BACK!!!!




miércoles, 3 de agosto de 2011

To Sir with Love

Creí que tenia la disciplina de escribir cada semana. No se puede pedir peras al olmo, yo no soy una mujer disciplinada, y para ser honesta, tampoco quiero serlo. La verdad es que han sido meses muy difíciles para mí, y nada me motivaba a sacar un nuevo post. Pero, hoy tengo mucho que decir, que contar. ¿Quieren saber un secreto?*
Las coincidencias no existen, siempre lo digo y por algún motivo en mi destino estaba marcado que algún día conocería al Sir. Días antes de su llegada me llevaron al gran estadio donde se desarrollaría todo. El lugar donde durante cinco días cientos de personas sudaríamos la gota gorda preparando todo para el momento -por muchos- soñado.  Traté de aflojar mi oxidado inglés leyendo con detenimiento los requerimientos del centenar de trotamundos que trabajan junto al Sir. Ellos viajan durante meses por todo el mundo y  a donde llegan buscan instalarse con comodidad.  Aparte, traían consigo toneladas de equipaje que los acompañarían durante toda la travesía. Disfrutaba viendo las etiquetas de embalaje que decían que era propiedad de uno de mis cuatro ídolos.  Cerraba los ojos  y me preguntaba que podría haber dentro de ellas. Imaginaba*…
 
 A pesar de los recortes de presupuesto, yo me encontraba en la parte del equipo que realmente quería hacerlos sentir como en casa. Solicitar que se consiga un poco de aquello, correr a un lado para  a obtener esto. Correr todo el tiempo por algo. Subir y bajar millones de vertiginosas escaleras. Trataba de que mi alma convenciera a mi físico que eso era lo que queríamos, lo que siempre habíamos soñado. Repetía para mí misma: “cuerpo  trabajemos en conjunto, no me defraudes ahora”. Por favor, Por favor*.
El tiempo siempre era insuficiente para poder dar fin a la larga lista de tareas. Mientras tanto, foráneos y lugareños,  íbamos estrechando el vínculo. El síndrome de convivencia se dejaba notar, de saludos básicos y relaciones netamente laborales, pasábamos a las sonrisas cordiales, luego a las bromas, contar nuestros procederes y terminar compartiendo historias de vida. Tuve la suerte de conocer gente memorable: Una traductora que amaba al Sir incluso más que yo, un guardaespaldas que me cuidó siempre paternalmente y hasta un buen político de un país tropical que nos hace el honor de vivir aquí ahora. Trabajando todos por una misma causa, en  conjunto nos íbamos desgastando  con el trascurso de los días. Lo único que nos mantenía en pie era la adrenalina y amor al arte. Todo lo que uno necesita es amor*.
Preparamos el cuarto del Sir, lo equipamos y ayudamos a concretar los últimos toques decorativos. Incluso le pedí a mi madre me preste su equipo de música para que todo quede perfecto. Así fue, y me dicen que él lo utilizó horas antes del gran momento. Mientras, el Sir escuchaba música y terminaba de alistarse,  todos los del grupo seguíamos afinando los detalles. El estadio se iba llenando de miles y miles de personas. Mi familia no fue ajena a este evento, y yo -desde mi privilegiada posición- los saludaba batiendo las manos, aunque no podía distinguirlos entre la multitud de las tribunas. Les decía me hagan una señal y divisé a mi hermana. La vi ahí parada*.
Hice una pausa a mi trabajo cuando el Sir salió a escena entre  gritos y euforia colectiva. En medio de lagrimas de emoción, de sentimientos encontrados de personas que habíamos esperado toda la vida para verlo. Éramos un grupo de amantes de su música, que esa noche llegaríamos al éxtasis más orgásmico y sublime que alguna vez nos ha podido generar la música. Trabajé mucho y mi recompensa fue estar en la 1era fila durante el show. Lo vi cerca, haciendo el mejor performance que jamás había visto y veré. Escuché, mientras trabajaba, las dos pruebas de sonido previas. Pero nada se comparaba al momento en que casi cincuenta mil personas gozamos juntos al Sir. Gente que me doblaba la edad, adolecentes a los cuales yo les doblaba la edad y niños pequeños que podrían ser mis hijos. No  había barrera generacional.  Algunos  extasiados por la marihuana, todos extasiados por la música, por el derroche de amor  que se dejó en ese escenario.    Todos nos dejamos ser*.
Bailamos, gritamos y lloramos cuando recordó a sus dos amigos fallecidos. Yo lloré, lloré mucho, no me avergüenza decirlo. Mi sueño hubiera sido ver a los cuatro grandes juntos, pero sabemos que no es posible. Esto fue lo más cerca que estuve y fui tremendamente feliz por tres horas. Me sentí en el cielo con los diamantes*.
Terminada la  música y la sicodelia, caí en la cuenta de que yo trabajaba allí y que podía ver la retirada del Sir, y eso hice, corrimos al mismo paso y nos encontramos para despedirnos diciendo adiós con las manos. Entré rauda a su cuarto a coleccionar lo que fuera posible. Aproveché de ayudar un poco y  a los que colaboramos  allí nos tocó despedirnos, felicitarnos, abrazarnos y expresar lo bonito que había sido trabajar juntos. Todos juntos*.
Ojala el Sir se lleve un buen recuerdo de este país. Espero que  el inicio de su mágico y misterioso tour* haya sido placentero. Recuerda siempre que se llevó a cabo con una pequeña ayuda de tus amigos*, con mucho amor.
Muchos de ustedes saben que pude estar allí gracias a la comprensión de mi adorada esposa. A la ayuda de mi madre y hermana.  A la paciencia de mi hija. Gracias a todas ellas  que permitieron que hiciera una pausa en mi vida para cumplir este sueño. Pero claro, muchos de ustedes saben que se lo debo a una persona en particular. Los que me conocen saben lo mucho que quiero a ese chico*.
Mi sueño dorado* se ha cumplido señores, como dice mi amiga la catalana, ya puedo tacharlo de mi lista.
Los dejo, voy a descansar, estoy muy cansada*.  
**Intento de cita:
 
  • Do You Want to Know a Secret (Lennon/McCartney)
  • Imagine (Lennon)
  • Please, Please Me (Lennon)
  • All you need is love (Lennon/McCartney)
  • I Saw Her Standing There (Lennon/McCartney)
  • Let it be (Lennon/McCartney)
  • Lucy in the Sky with Diamonds (Lennon/McCartney)
  • All Together Now (Lennon/McCartney)
  • Magical Mystery Tour (Lennon/McCartney)
  • With a Little Help from My Friends (Lennon/McCartney)
  • This boy (Lennon/McCartney)
  • Golden Slumbers (Lennon/McCartney)
  • I'm So Tired (Lennon/McCartney)



jueves, 3 de marzo de 2011

París

Cada cinco años son las elecciones presidenciales en mi país. Esta época, llena de campañas electorales y pugnas de poder, me desagrada y agrada a la vez. Me atrapa la incertidumbre del próximo lunático que nos gobernará, pero no puedo evitar apasionarme  con la política. Fuera de eso, siempre llego a la misma conclusión,  la política es como París: linda por fuera y… bueno, antes de terminar la frase, permítanme contarles mi historia.
Saber que llegaríamos a París, luego de una semana de cruzar el charco, era una ilusión que nos embriagaba. Para toda gran experiencia hay que prepararse, así que no vacilamos en desempolvar el viejo manual de mi padre: “Francés para viajeros” y memorizar algunas frasecitas que repetíamos sin cesar en el tren que nos llevaba desde Burdeos hacia “La Ciudad Luz”: Bonjour, Au revoir, Excusez-moi, ¡estábamos listas! Arribamos finalmente a la Gare du Nord (Estación del Norte) y allí nos esperaba una de las personas que nos hospedaría. Era una chica africana, Testigo de Jehová, con quien mi tía nos contactó, pues compartían  la misma religión.  La chica, era cordial y nos recibió con alegría. Nosotros, le respondimos con igual  buena onda y por obvias diferencias de credo, decidimos no ahondar en nuestro particular estilo de vida.
Siempre imaginamos que nuestro temporal hogar parisino seria de ensueño. Con olor a crêpes y una linda vista del río Sena. Nuestro sueño se desbarataba cuando nos alejábamos cada vez más de la estación. No importaba, nosotros somos gente sencilla, en cualquier lugar nos acomodamos. Camino al hogar, sentimos que un hedor envolvía nuestros olfatos. Inmediatamente  pensamos que tantas horas de viaje, habían provocado una reacción axilar en nuestros cuerpos latinos.   Negativo, aún olíamos a Lady Speed Stick, al parecer era nuestra anfitriona. Al llegar, grupos de chicos en sus autos y estridente hip-hop nos daban la bienvenida. Pensé que todo era una broma, que tal vez estaban filmando una película de pandillas y que por eso habían recreado este escenario delincuencial. Caí en la cuenta de que todo era verdad. Con respecto al hogar, es  imposible plasmar en palabras los fétidos olores que convergían en ese lugar. Para sorpresa nuestra, el baño era muy limpio. Una pulcritud alterna y ajena a ese hogar. Al parecer las hermanas nunca usaban la ducha, pues cuando la abrimos el agua salió marrón. Ellas estaban tremendamente sorprendidas de nuestra costumbre diaria de aseo y nos preguntaban “¿hoy también le tocó bañarse?”
Las hermanas eran amables y hasta cierto punto alegres. Nosotros, en un intercambio cultural, le hicimos escuchar música peruana. Al sonar una canción afro peruana, una de las morenas, que era grande en todo sentido, se paró de un salto y se puso a bailar. La mayor de las hermanas, Kinki (diminutivo de King Kong) como cariñosamente la apodamos, batía brazos y piernas soltando proyectiles letales  de hedor. El bailoteo se detuvo cuando oímos una balacera  seguida de sirenas policiales. Al día siguiente, manchas de sangre en el ascensor nos confirmaban que estábamos en el mismo infierno.    
Olvidado el mal rato, y dispuestas a gozar de Paris, eso hicimos. Conocimos lugares maravillosos, los que salen en las películas, los que son románticos. En donde se respira amor y arte. Los franceses fueron tremendamente amables con nosotros. Desde la gente que nos prestaba el baño cuando mi adorada esposa les decía “tulit” en lugar de toilet. Nuestras adorables primas a las cuales ubicamos el último día. Y, como olvidar al misionero que evitó que perdiéramos el tren que nos llevaría al siguiente destino.
En París aprendimos que toda ciudad tiene un lado hermoso y un lado horrible. Que nunca hay que mostrar rezagos de catolicismo frente a los hermanos de Jehová. Y, que siempre hay que brindar mirando a los ojos, si no puedes tener siete años del mal sexo, nadie quiere eso.  
Los dejo, voy a comer un rico crêpe suzette.