sábado, 4 de abril de 2020

Chorrillos


En mis recuerdos de niñez, siempre tengo presente el momento feliz que vivía cada vez que mis padres anunciaban que íbamos a ir a la casa de la Nonna. Ella vivía con mi tío.
Posterior al anuncio, mi hermana y yo nos mirábamos y nuestros ojos brillaban de felicidad. Y es que en casa de la Nonna, la diversión y los engreimientos excéntricos siempre estaban garantizados.
Haya sido para ir un domingo a pasar el día  o para quedarnos a dormir todo el fin de semana, igual lo apreciábamos. 
Los domingos, compartíamos a la Nonna con toda la familia. Nos juntábamos tíos y primos, todos con expectativas del manjar sorpresa que ella tenía preparado. No ha habido, en la historia de la humanidad, mesas más exquisitas que las de mi Nonna, aunque ella diría que su madre, mi bisabuela, cocinaba mejor. 
En el patio, el Ingeniero de la familia, su segundo esposo y el único abuelo que yo conocí, armaba una mesa larga, de castillo inglés, para albergar a todos los comensales. Algunas veces, fuimos tantos en la mesa que se armaba otra mesa pequeña para mis primos menores. Luego vestían la mesa con manteles blancos que olían a jabón de limón.
Todos los aromas de la casa de la Nonna eran una delicia. Su cocina olía a gloria. Los olores de su cuarto eran una mistura de todas las cosas que tenía allí: botiquines surtidos, latas con maní, 200 ruleros, velitas misioneras y cremas o perfumes que mis tías siempre le traían de sus viajes. 
Ella siempre olía delicioso, apenas llegaba a verla corría a abrazarla y ella nos llenaba de besos y decía: "No te acerques mamita que huelo a pura cebolla". Mentira, siempre olía a 4711 u otra colonia rica. 
Nunca me iba, yo me quedaba, para averiguar qué había cocinado. Al rato, se servía la mesa con inigualables platillos criollos y festines de pastas.
Siempre fue una mesa llena de risas, amor y todas las personas hablando al mismo tiempo. 
Eran domingos inolvidables, nadie quería que acaben. Había todo lo que uno necesita para ser feliz: una familia que se ama y buena comida.
Cuando teníamos el privilegio de que mis papás nos dejen por todo el fin de semana, ya era una alegría incontenible por llegar. Cargábamos con almohada, muñecos y maleta con todo.
Ella armaba una cama grande para que durmamos y se encargaba que el cuarto se mantenga en silencio y oscuro para que nos despertemos a la hora que nos dé la gana, para luego sorprendernos con un desayuno que ningún room service de hotel 5 estrellas podría igualar. Cuando sentía que nos despertábamos, traía dos bandejas con pan horneado, bistek, huevos fritos y jugo de frutas. Al término de esto su pregunta inmediata era: "¿Qué quieren almorzar?".
Bueno, nuestra respuesta casi siempre era: pastas. En ese caso, ella decía que las empezaría a preparar pero las comeríamos al día siguiente. Y cuando digo preparar, me refiero que hacía las pastas desde el inicio. El cordel de la lavandería se llenaba de pastas que reposaban allí.
Los mejores canelones, ravioles y lasañas que nuestros paladares probaron, pasaron por su cocina.
Ella siempre buscaba la forma de cómo divertirnos, nos llevaba a pasear, a la piscina, jugábamos bingo, montábamos bicicleta y era capaz de entrarle al Atari con tal de hacernos felices.
También, recuerdo que buscábamos tréboles por horas en el jardín y nos inflaba globos de carnaval para jugar con los amiguitos de la cuadra, o nos tirábamos al piso a jugar con los perros. 
A pesar de todos los entretenimientos que nos entregaba, yo siempre quería llegar al nivel superior y para mí eso significaba que abra el compartimiento alto de su ropero, donde atesoraba las cosas más curiosas que jamás vi.
Algunos instrumentos raros  que le dieron en la última clínica donde trabajó, como enfermera. Cajitas de metal quirúrgico, tensiómetro y estetoscopio. Latas de chocolates suizos, esas eran traicioneras porque siempre tenían hilos y agujas, pero por alguna razón solía olvidarlo y deseaba alguna vez encontrar los chocolates de la imagen de la lata. Pero el level God, era los álbumes. Nada en la vida me daba más placer que me los entregue y no siempre lo hacía. Pero si de tanta insistencia lograba convencerla, me sentaba en la cama con las manos lavadas a verlos.
Toda la historia de la familia estaba en esas fotos, y para mí era una experiencia sublime analizar cada foto.
Creo que la única razón por la que no quería enseñarme los álbumes cada vez que lo pedía, era porque sabía que se tenía que sentar a mi lado a contarme la historia de cada foto. Yo la escuchaba fascinada mientras me acostaba en sus brazos acogedores, la contemplaba.
Luego los guardaba en ese compartimiento, que permanecía con llave. Ahora, comprendo que ese era su mayor tesoro. Ese tesoro ahora es mio y algún día será de mi hija. De vez en cuando saco los álbumes heredados, además de los álbumes que traje de la casa de mi mamá y trato de recordar las historias de cada foto.
Es lo que finalmente somos y seremos, historias y memorias. Memoria que hoy a la Nonna le falta, pues ha olvidado gran parte de todo lo que sabía por su Alzheimer. En su memoria se perdieron secretos y recetas que nadie podrá replicar. 
Hoy, apartadas por un aislamiento obligatorio, ruego a Dios que cuando la vuelva a ver, se le vuelva a iluminar la carita para preguntarme: "Gordita, que quieres almorzar hoy". Yo le doy un beso fuerte en la frente y le digo: "Ravioles, pero hechos por tí, desde el inicio, la masa, el relleno y la salsa roja" a lo que ella siempre responde: "Tu siempre viviste de ravioles".
Luego nos reímos, la subo al carro y termina la fantasía de la comida, ella ya no puede cocinar. Saluda a mi hija y a mi esposa. Les dice que están lindas. Entonces me pregunta mil veces la misma cosa. Trato de ser creativa con cada respuesta. Ella merece lo mejor de mi creatividad, siempre.

domingo, 29 de marzo de 2020

2020
Y con este número que se veía tan lindo, perfecto y prometedor, se nos vino toda la mierda encima.
Una mierda que está matando gente y salvando el planeta.
Delfines nadando y aves volviendo a playas de mares cristalinos.
Si el ser humano se lo buscó o si era la única forma de detener el colapso ambiental, no lo sabemos, pero son preguntas que nos asaltan los pensamientos nocturnos.
Calles vacías y en silencio. Noticias dolorosas, muchas veces morbosas. La hiper información en tiempo real. Consumismo con paranoia egoísta. Miedo e incertidumbre.
Solía sentirme una guerrera por haber sobrevivido al terrorismo, a la hiper inflación, la dictadura y la corrupción.
Espero agregar a mi lista  que sobreviví una pandemia mundial y que mi gente también la sorteó con éxito.
El dolor de ver que la gente muere en serie. La alegría de ver un abuelo con Alzheimer tocando su armónica y pensado que todos esos aplausos son por su concierto.
Comenzaremos de nuevo si es necesario. Seremos mejores, por un tiempo al menos.
Nos amaremos más. Daremos abrazos no dados.
El 2020 sigue en curso, entregando lecciones, despertando la fe dormida.
Seguiremos adelante, mirando al horizonte con esperanza.
Un homenaje a los caídos, un aplauso a los héroes y fuerza para los que nos aislamos en nuestras cuatro paredes.
#MeQuedoEnCasa



jueves, 25 de abril de 2019


La Rosita
Hoy por aquí corrió la rutina de siempre. La alarma suena 5:00 am, trato de apagarla, el celular se cae, los gatos vienen, hago la finta que me levanto. Tonteo en la cama hasta las 5:15 am. En la cocina escucho las noticias mientras hago  desayunos, loncheras y puras cosas que confirman que la juventud quedó atrás, muy atrás.
Ya medio libre, me pongo a ver mi celular. Que sensación de paz cuando me tomo unos minutos para revisar tranquilamente mis redes sociales. Ironía total para una persona tan poco sociable como yo. El mundo puede colapsar al  alrededor mío y ni me entero. No hay drama, son unos minutos.
Mil videos de perros y gatos, posts de películas de mafia italiana  y las locuras del WhatsApp, me hacen la mañana. Soy feliz con esa dependencia voluntaria que ahora profesamos al celular. Una notificación me llega, una aplicación me dice que ya es hora de visitarla, obedezco y comienzan a aparecer mis “recuerdos”. Esta App recolecta todas las fotos y publicaciones  que hice en este mismo día, en diferentes años. Es ahí donde hoy me topé con fotos de cuando celebramos el 1er año de mi hija, hace 9 años.
Todas las fotos me alegraron, me arrancaron sonrisas, nostalgias. Ver a mis nonnos más fuertes, toda la gente más joven (y delgada). Pero, hubo un recuerdo en especial que despertó mis fibras más sensibles. Era una foto de Rosita con mi hija.
Rosita, fue una señora que trabajó con nosotros durante 10 años. En la foto, Rosita tenía cargada a la bebe en una mano y con la otra, aparece armando las cadenetas de colores para decorar el cumple.
Ella pasó 10 años aguantando nuestros caprichos, cocinando cosas distintas a diario para cada una de nosotras. Memorizando a la perfección nuestros gustos y preferencias. Jugo de papaya para mí con menjunjes naturales extras. Pechuga sin grasa y ensalada para mi esposa. Otra dieta para mi hermana. Correr a cargar la cartera de mi madre y preguntarle sobre el día de trabajo. Y cuando nació nuestra hija, velar por su bienestar en general. Nadie sufría más con un intercambio de palabras entre mi esposa y yo que  Rosita. Llamaba angustiada a mi mamá para acusarnos y en esos minutos hacía que la bebe no se diera cuenta de nada.
Por si fuera poco, aprendió a la perfección como dirigir las excéntricas fiestas que dábamos en aquella época. Fiestas de sólo ropa blanca, de sombreros, strippers, criollas, polladas, sanguchadas bailables, celestiales, infernales, de disfraces. La lista es larga. Pero, Rosita era la asistente de producción perfecta. Esperaba a los tolderos, los del chopp de cerveza, el catering, los mozos, todo. Ella dirigía y lo hacía con gracia, sabor y swing. También la hacía de bartender y coimeaba al Serenazgo con un buen plato de comida para que deje que la fiesta fluya hasta el fin. En cada fiesta se metía sus buenos guaracazos de pisco o chela y nos entretenía con sus historias. Inolvidable cuando un stripper, vestido de policía malo, la hizo volar por los aires. Ella no se chupaba nunca,  era partícipe de las locuras siempre.
Los años pasan y la vida nos obliga a tomar rumbos distintos. Rosa tuvo que buscar otras salidas y nosotras también. Con pena honda, tuvimos que ver partir nuestra empresa y nuestra casa. De las decenas de empleados adulones, cuando el dinero se fue, sólo quedó para la posteridad la Rosita. Nuestra amiga y confidente. La que nos acompañó en los momentos más felices y en esos que piensas que ya no se puede más. La que cargaba cariñosamente a mi hija con un brazo y con el otro se rompía armando la fiesta.
Nos escribimos siempre con mucho cariño y por supuesto, ya le compartí la foto que ha provocado este texto. El otro día vino a deleitarnos con su inigualable pollada. Promete venir otro domingo a hacernos papa rellena. En ese encuentro hemos recordado el pasado sólo con risas. Finalmente, esa es la idea.
Los dejo, pensando, a quién recuerdan ustedes con el mismo cariño?



viernes, 13 de abril de 2018

11A


Quiero escribirte algo, algo para que el tiempo no me deje olvidar cuanto te amaba.
Mi alma no encuentra consuelo hoy, ni lo encontró ayer y tal vez no lo encontrará mañana. Es tal vez porque tus mensajes no me despertaron al amanecer, es tal vez porque ayer no intenté hacerte reír, cuando lo hice ya era tarde.
Debí hablarte más temprano y no lo hice. Ahora mi alma no tiene consuelo. No me da alegría el sol de esta mañana, ni los mirlos que me cantaron fuerte. Respirar me pesa, tanto como me pesa que no te veré este viernes para brindar, ni comeremos parrilla el sábado. Tampoco me vendrás a ver el domingo para que hagas siesta en mi sofá.
Se supone que debo aprender a vivir con esto? Pues sí, porque el mundo no gira en torno a mi, y debo ser un roble para cumplir lo que tanto me pediste. Sabías que lo haría, que en algunos asuntos mi palabra es mi ley y me reafirmo, yo lo cumpliré, anda tranquilo.
Ayer te prendí una vela mientras miraba el sofá, tu silla, el bidón donde te servías agua para beber. Yo te sentía en cada rincón. Supongo que así será desde ahora, solo sentirte. Pues ya no puedo verte, saludarte y poner mi mano en tu barba rasposa.
Pensé que envejeceríamos juntos los 4, felices, en una isla griega como dijimos, donde ya viejos podríamos dedicarnos a disfrutar de un cigarro nuevamente, sin temor a enfermar.
No entiendo esto. Sólo queda el amor, la hermandad y el dolor.
Jueves 8 am.

jueves, 14 de diciembre de 2017

In my life

Soy una rebelde casi  cuarentona y posteo de forma muy esporádica, sin la disciplina de un bloguero real. Antes tenía mucho tiempo para escribir, no tenía tantas obligaciones, la vida era diferente, más fácil en algunos sentidos.
Pero quién carajo dijo que la vida es fácil. De hecho, la vida es difícil, llena de personas y situaciones complejas donde nos cuesta encajar. Nos topamos con la cruda realidad de la dureza de la vida una y mil veces. Uno cae y se levanta, se olvida cómo funciona todo y luego cuando vas cogiendo ritmo todo se viene abajo de nuevo. Esto aplica a todos los ámbitos. Pero aun así, hay que buscarle la gracia al asunto.
Una de las cosas que yo más aprecio y valoro en la vida es la amistad. Quienes realmente me conocen pueden dar fe de ello, tengo amistades viejas que he cultivado a lo largo del tiempo. Mis amigos son la familia que yo he escogido. Por ahí algunos lectores van a decir que saben de algunas amistades que ya no forman parte de mi top list. En mi defensa digo que: algunas veces el destino y las afinidades tienen planes propios y hacen que nos alejemos de algunas personas, conservemos otras y conozcamos a nuevas. Peor aún, hay amistades que de un momento a otro se van de este plano, pero que juro que buscaré en otros planos. Esto es para ti pequeña, que siempre te quejaste que sólo escribía de tu hermano y nunca de ti.
Mis aventuras con amigos son infinitas y disfruto recordar todas, las graciosas, las tristes, las traviesas y  las malosas (tengo especial cariño recordando estas últimas). Sentada en mi escritorio tengo días donde me rio sola, tomo el celular y les escribo: oye te acuerdas de esto y cuándo hicimos aquello. Mi corazón se llena de alegría y de nostalgia.
Ahora de "grande" me he vuelto ridículamente sensible y llorona  en general y más con esta clase de recuerdos. Atrás quedaron los deseos de ser la cabeza femenina de la mafia, calculadora y gansteril. La cara de pesada es lo único que he conservado.
Este post es un desorden de sentimientos y es que así me tiene esta época de fin de año. Vuelvo a mi clásico sentimiento escolar, tengo una semana para resolverlo todo y cerrar el año tranquila.
Entre tanto que hacer, el sábado celebro Navidad con los demás miembros de la Cosa Nostra, es decir las del colegio y nuestras respectivas familias. Hoy por hoy, todas somos una gran familia y nos amamos. A veces estamos muy lejos pero cuando nos vemos, estamos nuevamente en 1ero de secundaria jurando que seríamos amigas para siempre y así lo hicimos.
"La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor", lo tomé de un artículo que hace poco escribió Vargas Llosa. Esa frase no puede resumir de forma más perfecta lo que para mí es la amistad. Viejos amigos que guardo en mi corazón y memoria, nuevos amigos que conozco y cultivo con ilusión y respeto.
Hoy parte una amiga y en una semana otros amigos. Todos tan queridos y especiales para mí. Dejan este país en busca de mejores horizontes.
Lo que menos tolero es que ahora lo tolero. Tolero vivir con la ausencia física temporal de quienes tanto quiero. Supongo que algo de madurez hay en mí que me hace saber que mis amigos deben volar porque su felicidad está en otro lugar. Y sé que así será.
Odio las despedidas tanto como las sorpresas, ambas me acorralan en una situación muy vulnerable. Pese a la distancia, "la amistad trasciende el tiempo y el espacio" esa frase si es mía, creo, siempre la digo.
Me calmo, ahora para mi suerte, hay tecnología, aquella que me ayuda a diario a tener contacto con amigas que hace mucho no están aquí. Las cuatro brujas del día a día que andan desperdigadas por el mundo, amistades bonitas.
Mi corazón es grande, sólo metafóricamente, lo certificó el cardiólogo en Agosto de este año, y guardo en él un lugar profundo para todos mis amigos. Les regalo mi lealtad, mi tiempo,  mis bromas y por su puesto mi cariño.
Los dejo, he escrito este post en mi celular, cortesía de una actualización de mi PC. Hay sol hoy, mucho camino por recorrer aún. Con amigos que son mi familia, con mi familia que son mis amigos. Te regalo esta https://youtu.be/-eCh3y5VROM (sube el volumen)

jueves, 29 de septiembre de 2016

Pueblo Libre

La primavera ha iniciado en Lima.  Y ha llegado muy disciplinada y decidida, cumpliendo horarios a la perfección, regalándonos cielo despejado y cálidos rayitos de sol.
Hoy, camino al trabajo, mi amiga Carla, más conocida como Tatán, me mandó un link con cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Le comenté por un audio (hace tiempo que no escribo, aclaro para la posteridad de este blog que ahora existen -infelizmente- smartphones , teléfonos inteligentes de los que somos dependientes voluntariamente) que había leído un par de libros de él y los disfruté mucho.
Leído el primer párrafo, en el cual Ribeyro describe el viejo Miraflores, sentí mucha nostalgia de mi querido barrio Pueblo Libre, donde viví 16 años, poco menos de la mitad de mi vida. Allí cursé todos mis estudios de escuela, pasé de niña a adolescente y luego a ser mayor de edad.
Siempre he tenido una brillante memoria selectiva y tengo claro aún pasajes de mi llegada al barrio. Tenía menos de 4 años, la nueva casa tenía dos pisos y quedaba al lado de la casa del Libertador de América, de hecho es probable que allí se hayan gestado detalles la independencia de este país. Sentía que la casa era inmensa y hermosa, y mi hermana y yo guardábamos una hermosa ilusión del nuevo vecindario. Nuestro futuro colegio -católico- quedaba a unos pasos y también un parque hermoso donde se erigió un monumento del Libertador.  
Mi infancia fue feliz. En las mañanas andaba pegada a mi mamá mientras mi hermana se iba al colegio y mi papá a trabajar muy lejos. Contemplaba a mi mamá cocinar, me encantaba mirarla y desempeñarse de forma mágica en la cocina. Aún tengo esos aromas presentes. En un placentero flashback evoco con amor los manjares que siempre se prepararon en esa cocina. En esa casa hubo, en su mayoría, momentos bonitos o al menos he decidido recordar las cosas de ese modo y de disfrazar algunas situaciones familiares que ahora prefiero verlas sólo como enseñanzas para mi vida adulta.
Cuando uno es niño le gusta ver las cosas de forma divertida. Yo sobrepasé las restricciones gubernamentales de servicios básicos (luz y agua) con mucho humor. Era divertido jugar con las velas y juntar agua. También me gustaba escuchar cuando mi mamá contaba que la gente hacía colas para conseguir azúcar y arroz pero que a ella su casera le guardaba costales y ella se encargaba de repartir a las abuelas y a las tías cercanas.
Ya en verano la rutina era otra. Tardes de juego interminables con mi vecinito y mi hermana. Los tres éramos los locos de la bicicleta y los carnavales. También del Atari.  Antes que se haga de noche nos gritaban para entrar a la casa. Sudados y a veces con heridas de guerra posponíamos el juego hasta el día siguiente. Eran épocas donde uno jugaba en la calle sin pensar que un carro te iba a atropellar y podías saludar a los vecinos adultos sin tener la noica que fueran a hacernos daño.
Ya en mi adolescencia dejamos esa casa y nos convertimos en nómades de la Av. La Mar. Vivimos en la cuadra 17, 19 y 15, respectivamente. Yo me regresaba caminando del colegio con las que mi hija llama ahora: las tías fiestones o las de la mancha. Nos habíamos vuelto unas palomillas, siempre a la broma y al hueveo. Nos bautizaron como la Mancha Brava, la Cosa Nostra y otros nombres peores, los cuales no acredito pues considero que tras toda la pose, éramos sanas y buenas. 
Nuestros casi 30 años de amistad avalan mi teoría. Hemos estado juntas en las buenas, en las re buenas, y en las malas. En juergas locas, aventuras, despedidas de solteras, baby showers, matrimonios, bautizos, divorcios, viajes, kermeses y fiestas de guardar. 
Viví ahí y me mudé antes que terminara mi primer año de Universidad, nuestro Pueblo Libre ya nos quedaba lejos de todo. Me llevé en el alma el olor de jazmines en las noches de verano, mis primeras caídas en bici, mi irremediable rebeldía adolescente, las vivencias de épocas duras y como empecé a gestar los gustos y manías que me definen ahora.
Vuelvo de cuando en vez al barrio, con mi hija al museo o con mi esposa a tomar algo en el Queirolo. Siempre que llego, bajo del auto y lo primero que hago es inhalar fuerte, respirar el aire que me vio crecer, y en un segundo mil recuerdos me bombardean. Sonrío, soy feliz aquí, aquí soy libre.
Los dejo, hoy vagamente jugué a ser bloggera de nuevo y no he trabajado un carajo.  



domingo, 11 de noviembre de 2012

Calimalú

He notado que acostumbro  escribir sobre cosas que me han pasado fuera de mi ciudad. Traigo a colación una y otra vez anécdotas de mis aventuras viajeras, y hoy  lo haré otra vez. Estoy despierta desde las 4:00 am, cortesía de mi hija maravillosa, y sin frustrarme por mi somnus interruptus, me puse a hacer cosas. Las ganas de escribir venían a mí pero las hacía a un lado y en vista de que aún soy la única despierta, aprovecharé rapidito de escribir.
Creo que fue  en el 88’ que viajamos al norte. Nuestros vecinos eran de esos lares y aparte la familia materna de mi padre era original de allí, así que la afinidad que desarrollamos por esas cálidas tierras fue grande. El destino central siempre era la provincia de Piura, destacada por sus mil atractivos turísticos, pero a mi parecer destacada por sus cremoladas (dícese ahora frozen), panes, mangos, chifles (chips de plátano), entre otros. Es cierto, muchas de mis remembranzas más perdurables siguen asociados a la comida.
Finalmente en nuestro destino, dimos inicio a estas calurosas vacaciones de verano. Éramos un grupo grande los que viajamos para allá. En este año, Piura estaba particularmente hirviente, pero aún así la recorrimos y nos divertíamos a morir yendo de un pueblito a otro. La gente era más que amable, tanto así que en una ocasión pasamos por un lugar donde se celebraba una boda y pedimos prestado el baño. Luego de haber satisfecho nuestras necesidades fisiológicas, fuimos invitados a la fiesta. Todos, los veinte,  gozamos de esta generosa invitación al festín. Bailamos, comimos, reímos y nos retiramos dejando agradecimientos y bendiciones a la nueva pareja.   
El destino era inacabable y seguíamos visitando lugares. Nos detuvimos en uno que era el mismo infierno, exageradamente caliente, peor que una sauna. Afortunadamente, para distraernos de este clima dantesco, vimos que había una Feria, entretenimiento garantizado decían. Nos adentramos a la feria, era silenciosa y árida, en la cara de los pueblerinos sólo se observaba gestos de sorpresa.
Hicimos el recorrido cuando nos chocamos con “la mujer serpiente”. Era una mujer dentro de una urna con serpientes tremendamente venenosas que le caminaban por todo el cuerpo. Afinando bien el ojo, vimos que las serpientes no podían sacar la ponzoñosa lengüita y era porque les habían sellado la boca con cinta adhesiva. La pobre mujer sudaba y oraba para que el sello bucal de las serpientes fuera duradero. Por supuesto que esta atracción nos pareció una charlatanería, pero no quisimos romper la ilusión de los demás.
Pero, aún faltaba la atracción central, por la que todos habían asistido a esta feria y era Calimalú. Con un megáfono viejo la anunciaban: Calimalú la “mujer tortuga”, traída de las islas Galápagos. La ÚNICA, venida desde el Ecuador, pase a verla. Entramos presurosos e incrédulos, con aires de capitalinos modernos, con TV de control remoto y VHS, personas de mundo que lo habían visto todo.
Nos abrimos paso entre la multitud y pudimos verla. Increíblemente,  era una mujer tortuga. Cabeza de mujer, cabellos de mujer, ojos de mujer, boca de mujer y su cuerpo era un enorme caparazón. Ella estaba posada en la tierra y la gente generosa le arrojaba lechugas. Calimalú, era pausada y lenta -como toda tortuga- pero mítica y mágica. Recibía agradecida estas ofrendas y las comía con agrado. Luego giraba su cuello, abriendo y cerrando su boca.  Hasta recuerdo aún el sonido de sus labios: bap, bap, bap.
Estuvimos boquiabiertos como por 20 segundos, igual de sorprendidos que todos. Pero en un rápido paneo ocular registramos que la pobre mujer había sido metida en un profundo hueco bajo la tierra y le habían chantado ese caparazón de 80 kg. Inmediatamente, uno de los adultos de nuestro grupo exclamó: ¡Esto es mentira! saquen a esa pobre mujer que se va a morir con este calor. El resto de grupo -grandes y chicos- nos unimos a las arengas y gritábamos: ¡mentira¡ ¡sáquenla!  De pronto, desatamos la ira de los lugareños quienes nos gritaron: ¡Váyanse! ¿Qué se han creído?  Así son estos limeños ¡malcriados! La cosa se puso tan candente que salimos corriendo y nos trepamos a la camioneta asustados, estaban a punto de echarnos con piedras y palos. No apreciaron que queríamos abrirles los ojos y enseñarles la verdad. Prefirieron seguir creyendo que Calimalú era verdadera.
Fuimos un verano más a esas tierras y luego dejamos de ir. No he vuelto a ir desde entonces. En todo caso, si algún día volviera y me topara con Calimalú, la miraría con más respeto. Pues, ahora no  me importa si fue verdad o fue mentira, lo importante es que la recordé durante toda mi vida y siempre fueron recuerdos divertidos, asociados a viajes de infancia, en familia y con amigos. Memorias nostálgicas, de un pasado más simple y más sano.

Los dejo, voy a pedirle a mi mamá que nos invite a tomar desayuno.