jueves, 29 de septiembre de 2016

Pueblo Libre

La primavera ha iniciado en Lima.  Y ha llegado muy disciplinada y decidida, cumpliendo horarios a la perfección, regalándonos cielo despejado y cálidos rayitos de sol.
Hoy, camino al trabajo, mi amiga Carla, más conocida como Tatán, me mandó un link con cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Le comenté por un audio (hace tiempo que no escribo, aclaro para la posteridad de este blog que ahora existen -infelizmente- smartphones , teléfonos inteligentes de los que somos dependientes voluntariamente) que había leído un par de libros de él y los disfruté mucho.
Leído el primer párrafo, en el cual Ribeyro describe el viejo Miraflores, sentí mucha nostalgia de mi querido barrio Pueblo Libre, donde viví 16 años, poco menos de la mitad de mi vida. Allí cursé todos mis estudios de escuela, pasé de niña a adolescente y luego a ser mayor de edad.
Siempre he tenido una brillante memoria selectiva y tengo claro aún pasajes de mi llegada al barrio. Tenía menos de 4 años, la nueva casa tenía dos pisos y quedaba al lado de la casa del Libertador de América, de hecho es probable que allí se hayan gestado detalles la independencia de este país. Sentía que la casa era inmensa y hermosa, y mi hermana y yo guardábamos una hermosa ilusión del nuevo vecindario. Nuestro futuro colegio -católico- quedaba a unos pasos y también un parque hermoso donde se erigió un monumento del Libertador.  
Mi infancia fue feliz. En las mañanas andaba pegada a mi mamá mientras mi hermana se iba al colegio y mi papá a trabajar muy lejos. Contemplaba a mi mamá cocinar, me encantaba mirarla y desempeñarse de forma mágica en la cocina. Aún tengo esos aromas presentes. En un placentero flashback evoco con amor los manjares que siempre se prepararon en esa cocina. En esa casa hubo, en su mayoría, momentos bonitos o al menos he decidido recordar las cosas de ese modo y de disfrazar algunas situaciones familiares que ahora prefiero verlas sólo como enseñanzas para mi vida adulta.
Cuando uno es niño le gusta ver las cosas de forma divertida. Yo sobrepasé las restricciones gubernamentales de servicios básicos (luz y agua) con mucho humor. Era divertido jugar con las velas y juntar agua. También me gustaba escuchar cuando mi mamá contaba que la gente hacía colas para conseguir azúcar y arroz pero que a ella su casera le guardaba costales y ella se encargaba de repartir a las abuelas y a las tías cercanas.
Ya en verano la rutina era otra. Tardes de juego interminables con mi vecinito y mi hermana. Los tres éramos los locos de la bicicleta y los carnavales. También del Atari.  Antes que se haga de noche nos gritaban para entrar a la casa. Sudados y a veces con heridas de guerra posponíamos el juego hasta el día siguiente. Eran épocas donde uno jugaba en la calle sin pensar que un carro te iba a atropellar y podías saludar a los vecinos adultos sin tener la noica que fueran a hacernos daño.
Ya en mi adolescencia dejamos esa casa y nos convertimos en nómades de la Av. La Mar. Vivimos en la cuadra 17, 19 y 15, respectivamente. Yo me regresaba caminando del colegio con las que mi hija llama ahora: las tías fiestones o las de la mancha. Nos habíamos vuelto unas palomillas, siempre a la broma y al hueveo. Nos bautizaron como la Mancha Brava, la Cosa Nostra y otros nombres peores, los cuales no acredito pues considero que tras toda la pose, éramos sanas y buenas. 
Nuestros casi 30 años de amistad avalan mi teoría. Hemos estado juntas en las buenas, en las re buenas, y en las malas. En juergas locas, aventuras, despedidas de solteras, baby showers, matrimonios, bautizos, divorcios, viajes, kermeses y fiestas de guardar. 
Viví ahí y me mudé antes que terminara mi primer año de Universidad, nuestro Pueblo Libre ya nos quedaba lejos de todo. Me llevé en el alma el olor de jazmines en las noches de verano, mis primeras caídas en bici, mi irremediable rebeldía adolescente, las vivencias de épocas duras y como empecé a gestar los gustos y manías que me definen ahora.
Vuelvo de cuando en vez al barrio, con mi hija al museo o con mi esposa a tomar algo en el Queirolo. Siempre que llego, bajo del auto y lo primero que hago es inhalar fuerte, respirar el aire que me vio crecer, y en un segundo mil recuerdos me bombardean. Sonrío, soy feliz aquí, aquí soy libre.
Los dejo, hoy vagamente jugué a ser bloggera de nuevo y no he trabajado un carajo.  



domingo, 11 de noviembre de 2012

Calimalú

He notado que acostumbro  escribir sobre cosas que me han pasado fuera de mi ciudad. Traigo a colación una y otra vez anécdotas de mis aventuras viajeras, y hoy  lo haré otra vez. Estoy despierta desde las 4:00 am, cortesía de mi hija maravillosa, y sin frustrarme por mi somnus interruptus, me puse a hacer cosas. Las ganas de escribir venían a mí pero las hacía a un lado y en vista de que aún soy la única despierta, aprovecharé rapidito de escribir.
Creo que fue  en el 88’ que viajamos al norte. Nuestros vecinos eran de esos lares y aparte la familia materna de mi padre era original de allí, así que la afinidad que desarrollamos por esas cálidas tierras fue grande. El destino central siempre era la provincia de Piura, destacada por sus mil atractivos turísticos, pero a mi parecer destacada por sus cremoladas (dícese ahora frozen), panes, mangos, chifles (chips de plátano), entre otros. Es cierto, muchas de mis remembranzas más perdurables siguen asociados a la comida.
Finalmente en nuestro destino, dimos inicio a estas calurosas vacaciones de verano. Éramos un grupo grande los que viajamos para allá. En este año, Piura estaba particularmente hirviente, pero aún así la recorrimos y nos divertíamos a morir yendo de un pueblito a otro. La gente era más que amable, tanto así que en una ocasión pasamos por un lugar donde se celebraba una boda y pedimos prestado el baño. Luego de haber satisfecho nuestras necesidades fisiológicas, fuimos invitados a la fiesta. Todos, los veinte,  gozamos de esta generosa invitación al festín. Bailamos, comimos, reímos y nos retiramos dejando agradecimientos y bendiciones a la nueva pareja.   
El destino era inacabable y seguíamos visitando lugares. Nos detuvimos en uno que era el mismo infierno, exageradamente caliente, peor que una sauna. Afortunadamente, para distraernos de este clima dantesco, vimos que había una Feria, entretenimiento garantizado decían. Nos adentramos a la feria, era silenciosa y árida, en la cara de los pueblerinos sólo se observaba gestos de sorpresa.
Hicimos el recorrido cuando nos chocamos con “la mujer serpiente”. Era una mujer dentro de una urna con serpientes tremendamente venenosas que le caminaban por todo el cuerpo. Afinando bien el ojo, vimos que las serpientes no podían sacar la ponzoñosa lengüita y era porque les habían sellado la boca con cinta adhesiva. La pobre mujer sudaba y oraba para que el sello bucal de las serpientes fuera duradero. Por supuesto que esta atracción nos pareció una charlatanería, pero no quisimos romper la ilusión de los demás.
Pero, aún faltaba la atracción central, por la que todos habían asistido a esta feria y era Calimalú. Con un megáfono viejo la anunciaban: Calimalú la “mujer tortuga”, traída de las islas Galápagos. La ÚNICA, venida desde el Ecuador, pase a verla. Entramos presurosos e incrédulos, con aires de capitalinos modernos, con TV de control remoto y VHS, personas de mundo que lo habían visto todo.
Nos abrimos paso entre la multitud y pudimos verla. Increíblemente,  era una mujer tortuga. Cabeza de mujer, cabellos de mujer, ojos de mujer, boca de mujer y su cuerpo era un enorme caparazón. Ella estaba posada en la tierra y la gente generosa le arrojaba lechugas. Calimalú, era pausada y lenta -como toda tortuga- pero mítica y mágica. Recibía agradecida estas ofrendas y las comía con agrado. Luego giraba su cuello, abriendo y cerrando su boca.  Hasta recuerdo aún el sonido de sus labios: bap, bap, bap.
Estuvimos boquiabiertos como por 20 segundos, igual de sorprendidos que todos. Pero en un rápido paneo ocular registramos que la pobre mujer había sido metida en un profundo hueco bajo la tierra y le habían chantado ese caparazón de 80 kg. Inmediatamente, uno de los adultos de nuestro grupo exclamó: ¡Esto es mentira! saquen a esa pobre mujer que se va a morir con este calor. El resto de grupo -grandes y chicos- nos unimos a las arengas y gritábamos: ¡mentira¡ ¡sáquenla!  De pronto, desatamos la ira de los lugareños quienes nos gritaron: ¡Váyanse! ¿Qué se han creído?  Así son estos limeños ¡malcriados! La cosa se puso tan candente que salimos corriendo y nos trepamos a la camioneta asustados, estaban a punto de echarnos con piedras y palos. No apreciaron que queríamos abrirles los ojos y enseñarles la verdad. Prefirieron seguir creyendo que Calimalú era verdadera.
Fuimos un verano más a esas tierras y luego dejamos de ir. No he vuelto a ir desde entonces. En todo caso, si algún día volviera y me topara con Calimalú, la miraría con más respeto. Pues, ahora no  me importa si fue verdad o fue mentira, lo importante es que la recordé durante toda mi vida y siempre fueron recuerdos divertidos, asociados a viajes de infancia, en familia y con amigos. Memorias nostálgicas, de un pasado más simple y más sano.

Los dejo, voy a pedirle a mi mamá que nos invite a tomar desayuno.

 

viernes, 20 de enero de 2012

Receso


Me he corrido de escribir por muchos meses. Les juro que esta vez no es inconstancia. Fue más bien el afán de darle un cierre a algo que ocurrió en mi vida, algo importante que me marcó así como yerra de ganado. Quería, antes de empezar a escribir de nuevo, que todo ese capítulo de mi vida se acabe, o milagrosamente se reescriba, pero ya han pasado más de seis meses y no puedo esperar para siempre. Por eso hoy, que como rara vez estoy desocupada y sola, he cogido la computadora con timidez absoluta. Estoy esperando que el teclado y yo entremos en la complicidad de costumbre y nos aventuremos a escribir notas entretenidas, bromas malosas, cosas amorosas, anécdotas de aquí y allá.

Siempre que inicio o retomo algo, lo hago con miedo, o como bien lo evocó mi hermana hace poco en un post, con una sensación a la cual  de niñas denominamos como “dolor de estomago pre fiesta infantil”. Sí algo he aprendido en la vida, es que la única cura para este síndrome es acojonarse y tirar pa adelante. Total, si no  la cosa no fluye, borro esto y ustedes nunca se enterarán.

Algunas de mis amigas, buscando alguna clase de perpetuidad virtual en mi humilde blog, siempre me piden que escriba de esto o aquello, cualquier cosa que las involucre. Yo, mentirosamente, siempre les digo: Ok en el próximo escribo de ti. No les he cumplido y no es falta de amor, si no que rehúyo a escribir de las historias de mis viejas amistades porque son demasiado lindas para mí, temo opacar la palomillada que quiero plasmar con nostalgias del tiempo pasado.

Colegio de monjas y de alumnado femenino, donde nos teníamos que resignar a no interactuar con el sexo opuesto. Las mujeres somos complicadas, pero coincidimos unas cuantas locas que éramos buena onda, juguetonas, jodidas, rebeldes, vitales e incomprendidas. No es que nos hayamos propuesto molestar a las autoridades colegiales, si no que ellas decidieron fastidiarse con nuestra presencia. A decir verdad, esto alimentaba nuestro ego adolecente y entrabamos en un círculo vicioso de pugnas de poder. Se me viene a la mente los recreos, donde nos querían controlar tipo panóptico, y nuestra táctica era dispersarnos por todo el patio, de manera que no puedan vigilarnos. En una esquina mi comadre se abría la blusa y se bronceaba, en esa época ella poseía dos grandes razones para atraer las miradas a su colorido bikini. En otro lado fingíamos una pelea de callejón con apuestas y todo. Metros más allá,  dos inocentes jugaban a las palmadas y las que quedaban fingían estar locas balanceando su cabeza como perritos de taxi. En consecuencia, la subdirectora -que ese año gracias a nosotros fue una civil, es decir no era monja- se volvía loca, un poco más de lo que estaba.

Con estos actuares, obviamente, dimos pie a que se tejieran mil conjeturas entorno a quiénes realmente éramos.  Algunas decían que éramos drogadictas, y que de hecho traficábamos estupefacientes en forma de caramelos y se los dábamos a las niñas pequeñas. Que robábamos para poder satisfacer nuestra adicción a las drogas y el alcohol. Que en el futuro sólo podríamos ser burriers, rateras y lesbianas.  

Aclaro, que esos mitos estaban muy alejados de la realidad y basándome en lo ya ocurrido, desvirtúo tajantemente esas predicciones fatalistas sobre lo que sería nuestro futuro. Pues, todas terminamos siendo profesionales, mujeres de bien, algunas madres y gracias a Dios felices. Eso sí, de lo que no nos pudimos curar fue de la locura.
Lo triste es, que luego del colegio nunca más nos pudimos ver con esa frecuencia obligada que disfrutábamos tanto. Pero, nos las arreglamos para coincidir nuevamente por ahí. A veces, y por tiempos, nos alejamos, nos desentendemos. Lo bonito es, que  el amor siempre queda, no se extingue. Los recuerdos, están siempre aquí, como si fuera ayer. Como si no hubieran pasado casi dos décadas. Escribiendo, me sentí una quinceañera de nuevo. Extraño estas épocas.

Los dejo, I AM BACK!!!!




miércoles, 3 de agosto de 2011

To Sir with Love

Creí que tenia la disciplina de escribir cada semana. No se puede pedir peras al olmo, yo no soy una mujer disciplinada, y para ser honesta, tampoco quiero serlo. La verdad es que han sido meses muy difíciles para mí, y nada me motivaba a sacar un nuevo post. Pero, hoy tengo mucho que decir, que contar. ¿Quieren saber un secreto?*
Las coincidencias no existen, siempre lo digo y por algún motivo en mi destino estaba marcado que algún día conocería al Sir. Días antes de su llegada me llevaron al gran estadio donde se desarrollaría todo. El lugar donde durante cinco días cientos de personas sudaríamos la gota gorda preparando todo para el momento -por muchos- soñado.  Traté de aflojar mi oxidado inglés leyendo con detenimiento los requerimientos del centenar de trotamundos que trabajan junto al Sir. Ellos viajan durante meses por todo el mundo y  a donde llegan buscan instalarse con comodidad.  Aparte, traían consigo toneladas de equipaje que los acompañarían durante toda la travesía. Disfrutaba viendo las etiquetas de embalaje que decían que era propiedad de uno de mis cuatro ídolos.  Cerraba los ojos  y me preguntaba que podría haber dentro de ellas. Imaginaba*…
 
 A pesar de los recortes de presupuesto, yo me encontraba en la parte del equipo que realmente quería hacerlos sentir como en casa. Solicitar que se consiga un poco de aquello, correr a un lado para  a obtener esto. Correr todo el tiempo por algo. Subir y bajar millones de vertiginosas escaleras. Trataba de que mi alma convenciera a mi físico que eso era lo que queríamos, lo que siempre habíamos soñado. Repetía para mí misma: “cuerpo  trabajemos en conjunto, no me defraudes ahora”. Por favor, Por favor*.
El tiempo siempre era insuficiente para poder dar fin a la larga lista de tareas. Mientras tanto, foráneos y lugareños,  íbamos estrechando el vínculo. El síndrome de convivencia se dejaba notar, de saludos básicos y relaciones netamente laborales, pasábamos a las sonrisas cordiales, luego a las bromas, contar nuestros procederes y terminar compartiendo historias de vida. Tuve la suerte de conocer gente memorable: Una traductora que amaba al Sir incluso más que yo, un guardaespaldas que me cuidó siempre paternalmente y hasta un buen político de un país tropical que nos hace el honor de vivir aquí ahora. Trabajando todos por una misma causa, en  conjunto nos íbamos desgastando  con el trascurso de los días. Lo único que nos mantenía en pie era la adrenalina y amor al arte. Todo lo que uno necesita es amor*.
Preparamos el cuarto del Sir, lo equipamos y ayudamos a concretar los últimos toques decorativos. Incluso le pedí a mi madre me preste su equipo de música para que todo quede perfecto. Así fue, y me dicen que él lo utilizó horas antes del gran momento. Mientras, el Sir escuchaba música y terminaba de alistarse,  todos los del grupo seguíamos afinando los detalles. El estadio se iba llenando de miles y miles de personas. Mi familia no fue ajena a este evento, y yo -desde mi privilegiada posición- los saludaba batiendo las manos, aunque no podía distinguirlos entre la multitud de las tribunas. Les decía me hagan una señal y divisé a mi hermana. La vi ahí parada*.
Hice una pausa a mi trabajo cuando el Sir salió a escena entre  gritos y euforia colectiva. En medio de lagrimas de emoción, de sentimientos encontrados de personas que habíamos esperado toda la vida para verlo. Éramos un grupo de amantes de su música, que esa noche llegaríamos al éxtasis más orgásmico y sublime que alguna vez nos ha podido generar la música. Trabajé mucho y mi recompensa fue estar en la 1era fila durante el show. Lo vi cerca, haciendo el mejor performance que jamás había visto y veré. Escuché, mientras trabajaba, las dos pruebas de sonido previas. Pero nada se comparaba al momento en que casi cincuenta mil personas gozamos juntos al Sir. Gente que me doblaba la edad, adolecentes a los cuales yo les doblaba la edad y niños pequeños que podrían ser mis hijos. No  había barrera generacional.  Algunos  extasiados por la marihuana, todos extasiados por la música, por el derroche de amor  que se dejó en ese escenario.    Todos nos dejamos ser*.
Bailamos, gritamos y lloramos cuando recordó a sus dos amigos fallecidos. Yo lloré, lloré mucho, no me avergüenza decirlo. Mi sueño hubiera sido ver a los cuatro grandes juntos, pero sabemos que no es posible. Esto fue lo más cerca que estuve y fui tremendamente feliz por tres horas. Me sentí en el cielo con los diamantes*.
Terminada la  música y la sicodelia, caí en la cuenta de que yo trabajaba allí y que podía ver la retirada del Sir, y eso hice, corrimos al mismo paso y nos encontramos para despedirnos diciendo adiós con las manos. Entré rauda a su cuarto a coleccionar lo que fuera posible. Aproveché de ayudar un poco y  a los que colaboramos  allí nos tocó despedirnos, felicitarnos, abrazarnos y expresar lo bonito que había sido trabajar juntos. Todos juntos*.
Ojala el Sir se lleve un buen recuerdo de este país. Espero que  el inicio de su mágico y misterioso tour* haya sido placentero. Recuerda siempre que se llevó a cabo con una pequeña ayuda de tus amigos*, con mucho amor.
Muchos de ustedes saben que pude estar allí gracias a la comprensión de mi adorada esposa. A la ayuda de mi madre y hermana.  A la paciencia de mi hija. Gracias a todas ellas  que permitieron que hiciera una pausa en mi vida para cumplir este sueño. Pero claro, muchos de ustedes saben que se lo debo a una persona en particular. Los que me conocen saben lo mucho que quiero a ese chico*.
Mi sueño dorado* se ha cumplido señores, como dice mi amiga la catalana, ya puedo tacharlo de mi lista.
Los dejo, voy a descansar, estoy muy cansada*.  
**Intento de cita:
 
  • Do You Want to Know a Secret (Lennon/McCartney)
  • Imagine (Lennon)
  • Please, Please Me (Lennon)
  • All you need is love (Lennon/McCartney)
  • I Saw Her Standing There (Lennon/McCartney)
  • Let it be (Lennon/McCartney)
  • Lucy in the Sky with Diamonds (Lennon/McCartney)
  • All Together Now (Lennon/McCartney)
  • Magical Mystery Tour (Lennon/McCartney)
  • With a Little Help from My Friends (Lennon/McCartney)
  • This boy (Lennon/McCartney)
  • Golden Slumbers (Lennon/McCartney)
  • I'm So Tired (Lennon/McCartney)



jueves, 3 de marzo de 2011

París

Cada cinco años son las elecciones presidenciales en mi país. Esta época, llena de campañas electorales y pugnas de poder, me desagrada y agrada a la vez. Me atrapa la incertidumbre del próximo lunático que nos gobernará, pero no puedo evitar apasionarme  con la política. Fuera de eso, siempre llego a la misma conclusión,  la política es como París: linda por fuera y… bueno, antes de terminar la frase, permítanme contarles mi historia.
Saber que llegaríamos a París, luego de una semana de cruzar el charco, era una ilusión que nos embriagaba. Para toda gran experiencia hay que prepararse, así que no vacilamos en desempolvar el viejo manual de mi padre: “Francés para viajeros” y memorizar algunas frasecitas que repetíamos sin cesar en el tren que nos llevaba desde Burdeos hacia “La Ciudad Luz”: Bonjour, Au revoir, Excusez-moi, ¡estábamos listas! Arribamos finalmente a la Gare du Nord (Estación del Norte) y allí nos esperaba una de las personas que nos hospedaría. Era una chica africana, Testigo de Jehová, con quien mi tía nos contactó, pues compartían  la misma religión.  La chica, era cordial y nos recibió con alegría. Nosotros, le respondimos con igual  buena onda y por obvias diferencias de credo, decidimos no ahondar en nuestro particular estilo de vida.
Siempre imaginamos que nuestro temporal hogar parisino seria de ensueño. Con olor a crêpes y una linda vista del río Sena. Nuestro sueño se desbarataba cuando nos alejábamos cada vez más de la estación. No importaba, nosotros somos gente sencilla, en cualquier lugar nos acomodamos. Camino al hogar, sentimos que un hedor envolvía nuestros olfatos. Inmediatamente  pensamos que tantas horas de viaje, habían provocado una reacción axilar en nuestros cuerpos latinos.   Negativo, aún olíamos a Lady Speed Stick, al parecer era nuestra anfitriona. Al llegar, grupos de chicos en sus autos y estridente hip-hop nos daban la bienvenida. Pensé que todo era una broma, que tal vez estaban filmando una película de pandillas y que por eso habían recreado este escenario delincuencial. Caí en la cuenta de que todo era verdad. Con respecto al hogar, es  imposible plasmar en palabras los fétidos olores que convergían en ese lugar. Para sorpresa nuestra, el baño era muy limpio. Una pulcritud alterna y ajena a ese hogar. Al parecer las hermanas nunca usaban la ducha, pues cuando la abrimos el agua salió marrón. Ellas estaban tremendamente sorprendidas de nuestra costumbre diaria de aseo y nos preguntaban “¿hoy también le tocó bañarse?”
Las hermanas eran amables y hasta cierto punto alegres. Nosotros, en un intercambio cultural, le hicimos escuchar música peruana. Al sonar una canción afro peruana, una de las morenas, que era grande en todo sentido, se paró de un salto y se puso a bailar. La mayor de las hermanas, Kinki (diminutivo de King Kong) como cariñosamente la apodamos, batía brazos y piernas soltando proyectiles letales  de hedor. El bailoteo se detuvo cuando oímos una balacera  seguida de sirenas policiales. Al día siguiente, manchas de sangre en el ascensor nos confirmaban que estábamos en el mismo infierno.    
Olvidado el mal rato, y dispuestas a gozar de Paris, eso hicimos. Conocimos lugares maravillosos, los que salen en las películas, los que son románticos. En donde se respira amor y arte. Los franceses fueron tremendamente amables con nosotros. Desde la gente que nos prestaba el baño cuando mi adorada esposa les decía “tulit” en lugar de toilet. Nuestras adorables primas a las cuales ubicamos el último día. Y, como olvidar al misionero que evitó que perdiéramos el tren que nos llevaría al siguiente destino.
En París aprendimos que toda ciudad tiene un lado hermoso y un lado horrible. Que nunca hay que mostrar rezagos de catolicismo frente a los hermanos de Jehová. Y, que siempre hay que brindar mirando a los ojos, si no puedes tener siete años del mal sexo, nadie quiere eso.  
Los dejo, voy a comer un rico crêpe suzette.

martes, 8 de febrero de 2011

Año nuevo chino

El  03 de febrero, luego de haber tenido un día lleno de tenciones, as usual,  fui en compañía de mi adorada esposa al supermercado. De pronto, oímos un barullo, un festín de percusiones y campanillas acompañando al  famoso dragón chino.  Se celebraba el comienzo del Año del Conejo, para los chinos.
Eran seis hombrecillos que sudaban la gota gorda contoneándose en las entrañas del mitológico animal. Por otro rincón, un caballero nos invitaba, desinteresadamente,  a llevarnos un puñadito de arroz, trigo y lentejas. Sugirió ponerlo en la cartera para atraer la abundancia, y como en estos momentos sería ideal efectivizar ese augurio, llenamos nuestras manos de la millonaria combinación.
A pesar que guardo una gran afinidad con la cultura China, no tengo gratos recuerdos del Año Nuevo Chino. Mi resentimiento con esta celebración se inició hace unos años atrás. Nosotras vivíamos frente a un restaurante de comida china. Entonces, una noche, mientras dormíamos, escuchamos un conjunto de explosiones y demás detonaciones bélicas. Yo, me paré de un saltó de la cama, grité, exclamé al cielo y lloraba sin control mientras buscaba algún teléfono para llamar a la policía. Los segundos se hacían eternos y entre los ladridos de las perras trataba de elaborar una estrategia de escape.  En medio de está situación de guerra, mi adorada esposa me preguntó: ¿Se puede saber qué te pasa? Le respondí: “¿Acaso no te das cuenta? ¿No escuchas las bombas? ¡¡El terrorismo ha vuelto!!” Ella se puso a reír y me dijo: Los terroristas sí que tienen ritmo, esos son tambores y fuegos artificiales. Me abrazó para ayudarme a entrar en razón y ambas terminamos riendo. La explicación a todo era simple. Comenzaba a regir el Año de la Rata y los vecinos orientales lo celebraban a lo grande.
Pasado el alboroto, le contaba lo terrible que había sido para mi, y todos los de mi generación vivir la Lima de los años ochentas y noventas. El terrorismo, que ya antes había golpeado otras zonas de este país, se empezaba a manifestar para nosotros los capitalinos. Yo en esa época aun era una niña, y los niños tienen la maravillosa facultad de encontrarle el lado amable a todo. Cuando estos infelices detonaban una torre de alta tención y nos quedábamos sin luz, nos encantaba reflejar sombras de animalitos en la pared y luego jugar con la cera de la vela. Además, había escasez de alimentos, entonces se tenía que hacer largas colas para todo. Pero, como mi madre es la mujer maravilla, poseedora de un encanto natural, hacia que sus caseras del mercado le reserven estos productos de primera necesidad, a precios justos y sin hacer colas.
A lo lejos recuerdo algo que en ese entonces se llamaba “paro armado”. Para nosotros eso sólo significaba que no teníamos que ir al colegio y nos parecía genial.  Lima estaba de cabeza, tan es así que hubo un día donde el agua potable salía sucia y con mal olor. Aquel día lo denominaron el Martes Negro. Pues hubo además un corte de luz y por si fuera poco, alzas de precio.  Dicho en peruano: apagón, paquetazo y agua con caca.
Es comprensible que por nada del mundo quisiera vivir nuevamente esto. Ahora de grande reparo en lo terribles que fueron esos años. Siempre es más fácil ser niño. Tener alguien que te proteja y solucione todo por ti. Como en la película La Vida es Bella de Benigni.
Los dejo, tengo que ir a recoger a mi principessa.          

miércoles, 26 de enero de 2011

La Playa

El origen de la vida fue un tema que me cautivó durante mi niñez. Me resulta -como a muchos- imposible pensar que el universo fue creado en 7 días con  una varita mágica. La idea me parece romántica y respeto a quienes la apoyan en un acto de fe.  En lo personal, considero más simpático pensar que la vida se inició en el mar, pues como dice la canción: En el mar, la vida es más sabrosa.
Debe ser por este motivo que las personas nos ponemos tan felices cuando sabemos que vamos a visitar el mar. Verlo, olerlo, escucharlo o sentirlo es sinónimo del relax más sublime. Este mismo sentimiento me embargó cuando supe que nuestra amiga, la artista, nos había invitado a pasar un fin de semana en su casa de playa. Era la primera vez que dormiría fuera de casa y mejor aún fuera de la ciudad. Para completar esta maravillosa aventura, nuestra amiga la artista tenia auto propio. Para nosotras, mi hermana y yo, este paseo  sólo podría ser presagio de pura diversión y sueños de libertad. 
Emprendimos nuestro camino. Antes, de forma muy organizada, habíamos preparado el cargamento: millones de piqueos, licor del más barato,   cientos de cigarros, muchos cd’s y rollos de foto. Felices hasta el copete, nos trepamos en el autito blanco con la música a todo volumen y alguien dijo: ¡Playa, allá vamos!  Partimos raudas como el viento y a los 10 minutos el  velocímetro ya marcaba los 100 kph. Éramos las dueñas de la carretera, de nuestro destino, estábamos on fire! De pronto, noté algo raro y les dije a las chicas: ¡esto está que quema! Ellas respondieron: ¡siiiiiii, es que somos ardientes! No carajo, ¡el carro se quema!, les grité. En efecto, abrimos la humeante maletera y del radiador fluía un líquido verdoso e hirviente. Unos experimentados camioneros nos auxiliaron y llegamos a nuestro  destino, sanas y salvas.
La casa de playa era hermosa, frente al mar, con una linda mesa de billar blanca y una terraza de ensueño. Desempacamos, pusimos el cd de Bob Dylan y preparamos cantidades industriales de cubalibre. Empezamos entonces a libar como si fuera el último día de nuestras vidas. Vasos van, vasos vienen, mil risas y charlas cruzadas donde nos contábamos de todo un poco. Bailábamos como loquitas las canciones de la época. Todas esa música incluía su propia coreografía, hecho que me parecía una falta de respeto para las personas que no bailamos bien, esos cantantes debieron haberme  indemnizado de por vida por someterme a la burla colectiva de no achuntarle a ningún   paso. No importaba, estábamos entre mujeres y  bailábamos con la escoba, cantábamos con botellas simulando un micrófono y con el alcohol en nuestras venas nos sentíamos unas reinas.
En plena euforia, convenimos hacer un coro, un trío musical que juramos -dentro de nuestra embriaguez- pasaría a la historia. Mi imaginación voló y lo organicé todo, mi hermana haría la primera voz, yo la segunda y mi amiga la artista haría…bueno, ella haría su voz. Cómo toda buena juerga, esa noche terminó con una expulsión oral de los contenidos estomacales de mi hermana, en criollo: vomitó hasta el alma.
A la mañana siguiente aprovechamos el tímido sol primaveral para tomar  muchas fotos. Y, cuando el sol se ocultó era momento de regresar a la gris Lima. Lamentablemente, los paseos de playa no pueden ser eternos, uno tiene que llegar a casa a extrañar el arrullador sonido de las olas. Repetimos este paseo un par de veces con más personas,  y la pasábamos igual de lindo. Señores, les cuento con gran pena que esta casa se vendió. Seguramente ahora es guarida de jóvenes aventureros y soñadores como los fuimos nosotras en aquella época. Espero así sea.
Pero, siempre nos quedan los recuerdos en el corazón, de esta y mil aventuras que he tenido con mi hermana y mi amiga la artista, que es como otra hermana.
Los dejo, voy a llamar a la artista. Le dije que lo haría en cuando terminara de escribir este post.